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La ventana indiscreta

AL CONTRARIO que muchos advenedizos a mí siempre me gustó mirar por la ventana. Vivo en un piso elevado, veo el trajín del día a día y tengo bien calibradas sus pausas. Detecto anomalías en los pasos de la personas y patrones en las rutas de la gente. Ni que decir tiene que de tres semanas a esta parte al patio de vecinos le salieron muchísimos mirones nuevos.

Aunque no puedo ver la expresión de sus caras sí que detecto su lenguaje corporal, que es de desánimo. Como buen mirón noto perfectamente que ellos lo son solo por obligación, no por convicción. No ponen ningún interés en contar los coches que pasan ni en el vuelo de las gaviotas; solo se estiran cuando anda cerca la Guardia Civil para ver si conocen a los que pillan en un renuncio. En esta cuarentena me prodigo bastante menos de lo normal: no hay casi nada que ver. Disminuyó una barbaridad el número de listillos, pero todavía los hay. Cada día veo más gente con mascarilla. Andan deprisa, van a lo que van y parecen realmente asustados.

A los que están trabajando desde mi ventana se les nota que están torturados. En el universo laboral no queda mucho lugar para las bromas pero con todo me impresiona esa pesadumbre al caminar. Desde mi ventana veo a un señor dar de comer a las palomas desde la suya. No soporto a ese pájaro asqueroso. Lástima que aquella sopa de murciélago con la que quieren que creamos que empezó todo no hubiese sido de paloma. Por una vez les llevaríamos nosotros el mensaje a ellas.

La ventana indiscreta
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