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El sabor de los recuerdos

DICEN QUE el sentido que mejor dispara los recuerdos es el olfato. Para mí es el gusto. Aunque puede que al final sea cuestión de a cada uno lo suyo. Lo que te entra por la nariz va directo al cerebro, como bien saben en las discotecas de Ibiza. Así que se te cruza un aroma de cardamomo al doblar la esquina y te giras a ver si está pasando una novia que tuviste. En cambio lo que te entra por la boca se aloja en el estómago y sigue viaje por las entrañas. De modo que comes un plato de caldo de dos días generoso con las rabizas y huesos de soá y se te aparece tu yo de seis años viendo Mazinger Z en la cocina de tu abuela mientras afuera está nevando. O al revés: muerdes una pipa medio podrida y te recuerda a aquel tipo que fue tan maleducado con una señora mayor en el paso de cebra.

La semana pasada una gripe que no prosperó me hizo probar unos sobres que identifiqué de inmediato: los caramelos de cuba-libre. Y casi como si se accionase un interruptor comprendí que hace años que no se fabrican. Buah. Eran de mis preferidos. Al principio no lo entendí porque los caramelos tienden a sobrevivir: los de eucalipto, los de café con leche que se pegan a los dientes, los de piñón de El Caserío, los de toffee. Pero caí de la burra enseguida: no los enterró su sabor, fue su nombre lo que los sacó de circulación. A pesar de que dudo mucho que nadie se haya alcoholizado por probar de dónde venían esos caramelos. Sobrevivieron a la transición pero no a lo políticamente correcto. Y eso huele que apesta. 

El sabor de los recuerdos
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