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La parábola del caqui

Un buen día mi frutera me recomendó llevar unos caquis que, ciertamente, tenían una pinta estupenda. Le hice caso y compré dos kilos. Al llegar a casa decidí probar el género. Lo cierto es que tuve alguna dificultad para deglutir los dos primeros trozos, pero lo achaqué a que la fruta estaría todavía "un poco verde", como me advirtió. El tercer pedazo ya ni lo pude tragar. Empecé a sentir algunas molestias en el morro. Me puse frente al espejo del aseo, saqué la lengua y contemplé algo tan inusitado como grotesco: era monstruosa, incluso la contemplaba crecer por segundos. En un instante su tamaño era tal que ya casi no podía ni meterla en la boca.

Sobresaltado, llamé por teléfono como pude a mi ángel de la guarda y me aconsejó tomar Urbason —un medicamento precisamente contra las reacciones alérgicas, que afortunadamente había en casa— y que, si no remitía, avisara al 112. Me tomé la pastilla y empecé a lavarme frenéticamente la boca con el cepillo de dientes. Por ventura, al cabo de pocos minutos mi sinhueso casi había vuelto a la normalidad. Cogí los caquis y los tiré ipso facto a la basura y en aquel preciso instante, orate de felicidad porque todo se había quedado en un gran susto, lo que pasó por mi novelesca mente fue lo siguiente: "Vaya lástima no haber tenido yo estos caquis cuando era más joven. Mira que no iba a arrasar en Studio 3 [mi discoteca favorita] con ese pedazo de lengua. Tal y como hacía Simón, un colega mío de Montirón, que se pasaba todo el tiempo en la barra, mirando para las chicas y relamiéndose las cejas con su camaleónica sinhueso. Y tenía mucho éxito, decía". ¡Qué cacumen!

Aquel día de marras, digo, tuve mucha suerte al contar con un teléfono para llamar, un medicamento que tomar y un servicio de emergencias al que recurrir si fuese necesario. Yo, un escéptico a la hora de acumular fármacos en casa, tuve que hincar mi altivez y reconocer que el "puede hacer falta" es para esto mismo, para cuando hace falta.

Desde ese momento soy un ferviente seguidor de las disposiciones profilácticas, algo que se ha incrementado a mares desde que el covid-19 nos escolta. Guantes, pantallas faciales, geles hidroalcohólicos, mascarillas higiénicas, quirúrgicas, filtrantes, FPP1, FPP2, FPP3... ¡Un jaleo!

Y aun así, obviamente, no estamos a salvo de infectarnos..."hasta que llegue la vacuna", como nos cansamos de declarar y escuchar durante los durísimos meses del confinamiento. Bueno, y después también.

Pues ya está aquí y, en vez de una algarabía generalizada, se percibe cierto resquemor en un sector de la población. Una muestra. El pasado fin de semana nos llamó una familiar —política, ¡eh!, y muy amante de las medicinas alternativas— para recomendarnos que no nos inmunizáramos, que era inservible, que los efectos secundarios, que bla, bla, bla... Lo peor es que ni mucho menos es un caso aislado.

Inaudito. Una legión de ‘virólogos’ nos abruman. ¿Saben que les digo? Que mejor. Así nos tocará antes al resto. Me quedo con el siguiente tuit de la bióloga Ester Lázaro: "Los mayores hitos sanitarios de la humanidad han sido el descubrimiento de los antibióticos, la mayor higiene y la vacunación. No han sido ni el reiki, ni la homeopatía, ni las flores de Bach (por citar algunos ejemplos). Mejor fiarse de la ciencia que de la magia".

Y toda esta reflexión porque un día me comí una fruta que me puso la lengua rolliza. Son las grandes metáforas de la vida, como esta parábola del caqui.

La parábola del caqui
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