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Momento para amar el socialismo

Poco antes de las primarias en las que Pedro Sánchez salió elegido secretario general del PSOE, publiqué un artículo en esta misma sección titulado El viaje a ninguna parte del socialismo español. En él, a través de una metáfora inspirada en la famosa novela de Fernando Fernán Gómez, explicaba el hipotético viaje del PSOE hasta la intrascendencia política si no conseguía enderezar el rumbo. En estos dos años y pico muchas cosas le han sucedido al centenario partido fundado por Pablo Iglesias. Y ninguna buena. Pero ninguna tan mala como las acontecidas en las últimas dos semanas. Tanto es así, que ahora mismo está asomándose ya al portón de la irrelevancia, con unas consecuencias impredecibles para el futuro de la formación. ¿Qué factores lo han traído hasta aquí?

Remontémonos al 26 de julio de 2014, cuando Sánchez fue ratificado como secretario general del partido de la rosa. Su liderazgo no agradó a todos desde el principio, aunque era necesario que alguien con cierta osadía se hiciera cargo del partido en pleno 'poszapaterismo', una vez que el experimento Pérez Rubalcaba había fallado. Algunas pésimas decisiones del gobierno de ZP, que jugó a ser cigarra desoyendo la crisis y dando alas al independentismo catalán, le habían puesto en bandeja la mayoría absoluta al PP tres años antes. Y a Mariano Rajoy, un perdedor hasta entonces, que supo aprovecharlo. Obviamente, este horizonte no era el más alentador para el PSOE y algunos dirigentes prefirieron en ese momento 'esconder la patita'.

FUNDAMENTOS. Tal vez las razones por las que Sánchez no acabó de cuajar haya que buscarlas en su inmadurez política, su —según quien le conoce— frialdad en el trato personal y cierta altivez. No le ayudó tampoco la oposición en la sombra a la que fue sometido desde el primer momento por Susana Díaz, la omnímoda presidenta de la federación andaluza, y por otros ‘barones’ y viejas glorias del partido.

Es cierto que esto pudo haber desestabilizado su mandato, pero lo realmente concluyente en el implacable mundo de la política son los resultados electorales. Y con Pedro Sánchez al frente, el PSOE ha ido encadenando derrotas, algunas de ellas muy lacerantes, tras las que ni siquiera hizo ni un amago de autocrítica. La información que recoge el gráfico que ilustra esta página podría darles prurito a los socialistas, pero resulta tan dolorosa como cierta. Están en el peor momento de su historia reciente. Y eso que no figuran ahí los batacazos en las últimas elecciones autonómicas celebradas en el País Vasco y Galicia, sin ir más lejos.

PP y Podemos llevan ya unos días cantando La barbacoa, por los réditos electorales que les va a suponer la crisis de un partido socialista que se asa a la parrilla

¿Por qué el partido socialista ha perdido tantos votantes, aun estando en la oposición? ¿Por qué el autodenominado "Gobierno de alternativa y de progreso" no seduce? En primer lugar, la irrupción de Podemos he hecho mella. Es una formación que le disputa su tradicional hegemonía de la izquierda, solo mínimamente amenazada hasta ese momento por la siempre atribulada IU. El fin del rutinario bipartidismo, vaya.

En segundo lugar, la formación no ha sido capaz de hacer una oposición eficiente, más allá de la verborrea, ante un Partido Popular que tuvo que lidiar con la crisis económica y con la corrupción en su propia casa; esto es, presentar propuestas para reformar lo que de verdad importa: Sanidad, Educación, Justicia, dependencia, pensiones, adelgazamiento de las administraciones...

Por último, Pedro Sánchez condujo al partido a nadar entre dos aguas, ideológicamente hablando; algo políticamente muy peligroso. Si a principios de este año fue capaz de llegar a un buen acuerdo con Ciudadanos para un gobierno de coalición —posteriormente tumbado en el Parlamento—, ahora soñaba con poder sumar también a Podemos, alimentando expectativas imposibles en las que nadie creía, salvo él. No se puede decir al mismo tiempo "no quiero nuevas elecciones", "no voy a pactar con los independentistas" y "no voy a permitir un gobierno de Rajoy" (sobre esto hablaré un poco más adelante). La mentira produce flores, pero no frutos.

Con todo, lo peor para el PSOE es que en su tozudez —que no perseverancia—, el exlíder socialista no entendió que en todo este proceso el partido se iba deteriorando, gestando cicatrices producto de la guerra civil en la que se convirtió la reunión del comité federal que finalmente desencadenó su dimisión —tardía, cuando el cisma ya había generado mucho daño—. Dice una amiga mía que Sánchez prefirió que España se lo comiese antes de que lo hiciese Susana Díaz. Quizá no le falte razón.

SITUACIÓN LÍMITE. ¿Y ahora, qué? PP y Podemos llevan ya unos días cantando "La barbacoa, la barbacoa, como me gusta, la barbecú", de Georgie Dann, por los réditos electorales que les va a suponer la crisis de un partido socialista que se está asando a la parrilla, como en la canción. Incluso algunos dirigentes populares se plantean ahora —que lo ven debilitado, descabezado y dividido—, que la postura del PSOE vaya más allá de una abstención en la investidura de Rajoy. Como esto ya lo dan por hecho, sugieren un pacto más amplio, que incluya los presupuestos. Tal y como anticipé con anterioridad, matizo este tema.

Yo estoy seguro de que no va a haber nuevas elecciones. Lo sé porque ahora el primer interesado en evitarlas es el propio PSOE. Y punto. Una vez aclarado esto, la cuestión es: ¿era obligatorio que el partido socialista se abstuviese en una posible nueva investidura de Mariano Rajoy? Parece que esta cuestión, sin menospreciar lo analizado con anterioridad, fue el desencadenante de Sanchexit y de la gran refriega entre las distintas facciones del comité federal. Los que creían que había que dejar que gobernase el PP —entre otros, la nueva gestora, Felipe González y los que veían peligrar su escaño— y los que opinaban que no, que había otras alternativas; una de ellas, un nuevo paso por las urnas.

DEJAR GOBERNAR AL PP. Pedro Sánchez tenía razón cuando decía que dejar que Rajoy gobernase "porque sí, por el bien de España, por cuestión de Estado, por altura de miras..." sería ceder al chantaje del PP. Que siguiendo el mismo axioma, su partido estaría imposibilitado en esta legislatura para hacer oposición, ya que por ejemplo a la hora de aprobar —o no— los presupuestos estaría en la misma conjetura. Y en este punto no le faltaba razón. La magnífica propaganda popular hizo que casi todo el país pensase que Sánchez era el único culpable de que no hubiese gobierno, cuando la realidad era —y es— que todos son responsables por igual.

En nuestra democracia parlamentaria, votamos a unos representantes en una circunscripción electoral concreta; y estos, una vez electos y en el Parlamento, hacen lo que les viene en gana. Obviamente, casi siempre siguen las indicaciones del partido por el que se presentaron, pero este «casi» tiene su intríngulis. Consecuentemente, si esta fue la única razón del Sanchexit... ¿Opinaban las bases del partido, las que eligieron a Sánchez en su día, lo mismo que sus dirigentes? ¿Hubo en las entrañas del PSOE un maléfico plan para hundir a su secretario general? Ahí lo dejo.

Lo sustancial ahora para el partido es retener a sus desencantados votantes, bien sean prosélitos de Sánchez o no, bien sean partidarios de investir a Rajoy o no. Ardua tarea, y más con las heridas aún abiertas. Como esto es una historia inacabada, mientras me leen, los acontecimientos en la casa socialista se siguen precipitando y es difícil vaticinar cómo acabará todo.

Ahora el PSOE ya está llamando a las puertas de ninguna parte, ese lugar en donde reina la indiferencia. ¡Con todo lo que este partido representó en la España democrática! Llegó el momento de los socialistas que de verdad aman el socialismo. Que apliquen el sentidiño/seny/zentzu/sensatez, por su bien común. A ver si algún idioma entienden.

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