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El delicado legado de Pericles

Algunos moradores de Atenas jamás tuvieron ciertos derechos, entre ellos los esclavos y las mujeres, siempre a la sombra del varón


SIENDO NIÑO, los Temibles -así nos autodenominábamos el grupo de amigos de Montirón- no teníamos jefe. Por eso, a veces surgían problemas cuando algunos querían jugar al mataconejos y otros no. El ‘inocente’ juego consistía en darle en el cuello al compañero con la mano en forma de hacha, de tal manera que perdía el que quedaba semiinconsciente en el suelo. Inocuo, como he comentado. El caso es que jamás invocábamos a los puños para dirimir nuestras disputas, aunque nuestro nombre -heredado de nuestros hermanos mayores- indujera a creer lo contrario. Recurríamos a la democracia; esto es, un niño, un voto. No importaba la edad, fuerza, inteligencia o dinero de los padres. «Como hacía Pericles», decía Milín, el más empollón de toda la manada.

Así crecimos, creyéndonos herederos del tal Pericles. Curiosamente este nombre está ahora en boca de todos. Políticos y politólogos siempre recurren a la palabra democracia para defender o atacar el actual estatus social y político del Estado español, según le convenga a sus propios intereses. En la líneas que siguen se intentará analizar el legado que realmente dejó Pericles y cómo se fue forjando.

Democracia significa «gobierno del pueblo». Las tradiciones democráticas del debate y las votaciones surgieron hace 2.500 años en la polis de Atenas, ciudad-estado de la antigua Grecia. El camino hasta la democracia radical ateniense no fue fruto de las ideas de una persona concreta, sino producto de una transformación que tardó siglos en fraguarse. Según el sistema de Aristóteles, la evolución normal de las formas de gobierno en la polis fue monarquía, aristocracia, dictadura y democracia.

EL INICIO. La arqueología nos presenta a Atenas como una ciudad económicamente próspera y que tuvo una evolución socioeconómica similar al del resto del mundo griego, aunque con alguna peculiaridad. No se libró de la ‘stasis’ (crisis cívica entre la vieja aristocracia, con el poder político y económico, y las clases inferiores, con cada vez mayor peso económico pero con escasa participación en el gobierno de la polis), pero no buscó una solución en la colonización sino en los legisladores. La lucha de clases se agudizó en Atenas por la acumulación de tierra y riqueza de los ‘eupátridas’ (bien nacidos, es decir, aristocracia), que contrastaba con el rampante endeudamiento y empobrecimiento del campesinado. En este ‘demos’ (pueblo) miserable se apoyarán artesanos, comerciantes y jornaleros en su futura contienda por el poder político. ¡La eterna lucha de clases que acompaña de forma axiomática la historia del ser humano!

A principios del siglo VI a.C., el legislador ateniense Solón propuso con sus reformas llegar a la ‘eunomía’ (buen orden y gobierno) en contraposición a la ‘disonomía’ (desorden y mal gobierno). Para llegar a ello, la aristocracia fue aceptando el proceso de igualación jurídico-política en que cedió parte de sus privilegios institucionales en beneficio de cada vez más clases de ciudadanos. ¿Qué conseguía la nobleza a cambio? La participación de estos en la defensa militar de la polis y el mantenimiento del orden social.

No obstante, no hay que olvidar que la incorporación de cada vez más clases de ciudadanos en la vida política siempre tuvo su límite en los esclavos, las mujeres y los extranjeros. Sobre esto se incidirá más adelante. Además, la igualación jurídico-política no implicó necesariamente el equilibrio económico-social -jamás lo hizo-, de manera que las tensiones sociales persistieron, lo que le allanó el camino a la llegada de la tiranía.

Tras la muerte de Solón, el tirano Pisístrato se hizo con el poder en Atenas. En general, se puede decir que consolidó las reformas solonianas y dejó una situación económica y social estable, preparando el tránsito hacia la democracia. La caída de los Pisistrátidas hizo que en Atenas volviesen a surgir disputas entre las familias aristocráticas agrupadas en torno a distintas facciones políticas. Por un lado Clístenes, partidario de continuar las reformas de Solón, y por otro Iságoras, que defendía un régimen oligárquico. Finalmente, Clístenes logró acceder al arcontado en el 507 a.C. y su aportación llegaría a resultar crucial.

La vida política seguía dominada por los ‘gene’ (clanes familiares), que excluían a artesanos y jornaleros. Por otra parte, en los últimos tiempos se habían incorporado una gran cantidad de metecos (extranjeros domiciliados en la polis) y libertos (esclavos manumitidos), cuyo peso social y económico era cada vez mayor. Clístenes se ganó el apoyo de esta masa social con una propuesta de reforma que perseguía dos objetivos; otorgar la soberanía al ‘demos’ y ampliar el ámbito de la ciudadanía. En su discurso se sustituye la ‘eunomía’ de Solón por la isonomía (igualdad de los ciudadanos en el recargo de los cargos públicos, que no igualdad ante la ley).

Algunos moradores de Atenas jamás tuvieron ciertos derechos, entre ellos losesclavos y las mujeres, siempre a la sombra del varón 



Para llevar a cabo estas propuestas, Clístenes aplicó medidas en el ámbito territorial-administrativo y en el institucional. No obstante, la palabra democracia era aún desconocida, pero es indubitable que las posteriores tendencias democráticas están influidas por su pensamiento y su obra.

Y al fin... llegó Pericles, considerado más un intelectual que un político por su esmerada educación y por anteponer en la toma de decisiones la inteligencia a la demagogia. Pericles gobernó en un contexto de enorme florecimiento económico y cultural del mundo griego, denominado Pentecontecía ateniense (478-429 a.C.). En este período se reconstruyó la Acrópolis, obra del polifacético Fidias, o desarrollaron su labor el filósofo Sócrates y el científico Hipócrates. Un mundo feliz, como en la novela de Aldous Huxley.

Pericles consolidó las reformas de Clístenes y Efialtes -que fue despojando de las principales funciones políticas y administrativas a los órganos tradicionalmente controlados por la oligarquía-, e introdujo una serie de inovaciones: limitó el acceso a la ciudadanía, concediéndose únicamente a los hijos de padre y madre ateniense (antes solo era necesaria la ciudadanía paterna); permitió el acceso al arcontado de más clases censadas; promovió la retribución y el control de las funciones públicas, etc.

El resultado fue el régimen de la democracia radical ateniense, considerado aquel en el que los ciudadanos obtuvieron el máximo grado de participación y control en el gobierno de la polis. Pero..., ¡tate!, las reformas de Pericles nunca pretendieron que hubiese más ciudadanos, sino aumentar el condominio de estos en las instituciones.

SINOPSIS. A modo de rápido compendio, un ciudadano de la polis se reunía de forma periódica en la ‘Ekklesía’ (asamblea) para tomar decisiones y elegir a los cargos públicos. Los magistrados se encargaban de poner en práctica las decisiones de las asambleas. Entre ellos despuntaban los estrategas, que dirigían el ejército y la armada, y los arcontes, que presidían los tribunales y los ritos religiosos. A medida que las asambleas cobraron importancia, fueron apareciendo los consejos, que disponían el debate de los asuntos relevantes. En Atenas existía la Bulé o Consejo de los Quinientos. Este preparaba la leyes que se discutían en la Asamblea y controlaba a los magistrados. Sus miembros se elegían anualmente por sorteo. Pera impartir justicia, se nombraban cada año tribunales constituidos por 6.000 ciudadanos.

La palabra clave: ciudadanos. Como se ha puesto de relieve, algunos moradores de la polis jamás tuvieron ciertos derechos, entre ellos los esclavos -auténticos pelagatos sociales- y las mujeres -eternas ‘caladiñas’ en la historia de la humanidad-, siempre a la sombra del varón. Esto se prolongó durante siglos y siglos. Pongamos el ejemplo del Reino de España. Las mujeres no pudieron votar hasta... 1933, coincidiendo con la II República. Y hasta el ocaso de la dictadura de Franco me atrevería a decir que no obtuvieron la seudociudadanía, ya que vivían subordinadas y diferenciadas respecto a los hombres en el ámbito laboral, educativo, eclesiástico, familiar...

Utilizo el prefijo seudo porque... ¿seguro que en este país las féminas tienen los mismos derechos hoy en día? El artículo 57 de la Constitución española habla del orden sucesorio en la Corona y establece la preeminencia de «el varón a la mujer». Si somos iguales, ¿por qué no reina Elena? Otra ocasión habrá para profundizar en ello.

¿Qué pensarían los Temibles -¿recuerdan?- de Pericles si conocieran su semblanza? Que era un pijo, que iba de guay pero solo para sus colegas, que se llevo él toda la gloria, que Milín estaba equivocado... Seguro que sí. Pero es innegable que sus ideas plantaron la semilla de la democracia del mundo actual. Un bien intangible y delicado: puede aportar libertad, pluralismo y tolerancia, pero bajo su manto algunos cometen horribles fechorías. No es el caso de Montirón, que sin duda alguna tendría reina, si no fuera porque allí se ama... la república. ¿O no? Votemos por tanto.

El delicado legado de Pericles
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