Opinión

Tambores de guerra

El grupo de batucada ensaya, este jueves por la tarde, en A Ponte. SEBAS SENANDE
photo_camera El grupo de batucada ensaya, este jueves por la tarde, en A Ponte. SEBAS SENANDE

SUENAN TAMBORES de guerra en la ciudad. Llega el sonido de las tierras más allá del Miño, por donde el Arde Lucus dice que entraron los romanos, cruzando su propio puente. A Ponte, precisamente por falta de puentes, siempre un reducto indomable, un barrio con espíritu de Brexit. Cuando llegan las crecidas del río y se sale el agua por la Nacional 6, los vecinos piensan: "Los de Lugo ya están con el agua al cuello", igual que aquel periódico británico resumió tres días sin llegada de barcos a las islas por un tremendo temporal en el Atlántico con un sobrio titular: "El continente, aislado".

El sonido de los tambores de A Ponte que se escucha amenazante en los oídos de los vecinos de Acea de Olga es del grupo de batucada que ensaya en el local social del barrio un par de tardes por semana. Son como veinte o treinta, suficientes para ahuyentar al Séptimo de Caballería si lo pilla en un desfiladero como A Ponte, con ese efecto valle que hace que el sonido se proyecte sin dificultad hasta el continente urbano. Una turra de mil pares de narices, protestan desde los edificios de Acea de Olga con fachadas al Miño. Los batuqueros se defienden: "No queremos molestar a nadie, somos muy cuidadosos, en cuanto las campanas de la iglesia tocan las diez de la noche dejamos de tocar".

No sé yo si habrá aquí algo de xenofobia cultural, a la que ya avanzo que me uno solidariamente porque con las batucadas me pasa como con casi toda la música folclórica mundial, que está bien para un rato sobremesa y licor café pero se me va haciendo indigesta según se va deshaciendo el hielo del vaso. Lo que digo es que igual no es para tanto si se pueden escuchar las campanas de la iglesia tocando a sueño por encima de los tambores, y nadie en Acea de Olga ha protestado por eso, que sepamos.

Las dos cosas, mi antipatía personal por el alboroto batuquero y mis sospechas de intransigencia general con algunas culturas ajenas, se me acentuaron hace cosa de un año, cuando mandé a mi hijo a Santiago como hacemos los obreros, a ver si la educación conseguía por fin que alguien de la familia se subiera al ascensor social ese del que hablan.

No tengo queja, todo apunta a que el chaval conseguirá convertirse en otro obrero de provecho para la sociedad y me está trayendo calificaciones tranquilizadoras. La nota más alta me la mandó apenas unos días después de llegar a Santiago, recién empezado el curso. La evaluación venía firmada por un policía local a las tres de la mañana y decía literalmente: "Se encuentra en las proximidades del bar O Rincón do Porrón gritando y vociferando en tono muy alto y golpeando un contenedor a modo de tambor". La calificación era de 500 euros, prácticamente la matrícula de honor en cuestión de multas. Obtuvieron la misma calificación el resto de miembros de la batucada, Ya quisieran los grupos de tambores profesionales cobrar por actuación lo mismo que pagaron ellos por la suya. Si lo llego a saber, en vez de a Santiago lo mando a estudiar a A Ponte aunque fuera de campanero.

Vale que quizás el caso no es exactamente el mismo que el de Lugo, pero dibuja un patrón de intolerancia a los tambores como instrumento de algarabía. Han dicho los vecinos que van a votar para ver si los echan del local social, que a ellos también les ponen la cabeza como un bombo. Deberían ensayar en la iglesia, parece que el ruido de las campanas ayuda a tapar el de la cultura, venga de donde venga.

MUNDOS PARALELOS
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Siempre la misma salida
"Es una agresión de la que el pueblo español tiene el deber y derecho de defenderse y lo hará. Después no vengan ustedes lloriqueando". Si Santiago Abascal es capaz de decir esto en el Congreso, es fácil suponer lo que sería capaz de hacer si tuviera la ocasión. La ultraderecha no conoce otra salida.

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