Opinión

ReCaídas

Era menuda y amable pero un poco distante, o eso me pareció al principio. Unas gafas y unos ojos marrones de mirada despierta eran lo único que dejaba ver la mascarilla. Yo había llegado a su consulta de Otorrinolaringología con un volante que me firmaron en Urgencias, un aparatoso vendaje en la nariz que ya volvía a estar bastante húmedo por la sangre y una radiografía en la que la médico que la encargó creyó ver una fractura de huesos, aunque no de tabique. 

"Me dijeron que en la imagen se ve algo roto", le expliqué, más por romper el silencio y contener los nervios que por otra cosa, desde el sillón de tortura en el que me había indicado que me sentase mientras ella le echaba un vistazo en la pantalla del ordenador. Se levantó y, mientras se colocaba unos guantes quirúrgicos morados, me dijo mirándome directamente a los ojos: "Bueno, es que no se ve bien, aquí nos fiamos más de la palpación que de la radiografía". Se había colocado justo enfrente, con mi nariz a su alcance, cerrándome cualquier salida. "Disculpe que le diga", argumenté con la esperanza de despertar en ella algo de misericordia, "pero no me gusta ni lo que dice ni cómo lo dice". Por una chispa en su mirada adiviné una sonrisa bajo su mascarilla, y entonces estuve seguro de que aquello iba a doler.

A veces pienso que mi vida entera se podría resumir en una crónica de mis caídas. Yo he sido de caerme mucho y mal

Dicen que la vida pone a cada uno en su sitio. A mí me había puesto en aquel sillón un tremendo hostión que me di un par de días antes, cuando me reventé la frente y la nariz contra el asfalto de la Ronda al tropezarme al bajar el bordillo de la acera con las manos en los bolsillos. Una leche de señor mayor.

A veces pienso que mi vida entera se podría resumir en una crónica de mis caídas. Yo he sido de caerme mucho y mal. Debo de tener, a ojo, una decena de fracturas repartidas por todo el cuerpo y otras tantas cicatrices de heridas cosidas a mano, podría pasar por producto textil de artesanía. Empecé de muy pequeño, siendo un bebé al cuidado de mis hermanos mayores, aunque no lo supe hasta décadas después, cuando tuvieron que operarme el tabique nasal porque lo tenía desviado y no respiraba bien. "Esto tiene que ser de nacimiento o de algún golpe de pequeño, ¿no recuerda usted nada?", me preguntó extrañado el médico. No recordaba, pero cuando lo comenté en casa los miserables de mis hermanos no pudieron con su culpa: "Bueno, una vez te caíste por la escaleras cuando jugábamos contigo", confesaron, "y otra vez íbamos los cuatro en una mula y tú ibas en la cabeza y se tropezó y caímos todos encima tuyo. Joder, cómo llorabas, te tuvimos que meter en el río para limpiarte la sangre". Y todo así.

Luego ya me las apañé solo: tapias, columpios, todo tipo de árboles frutales y rocas cuando era un niño de pueblo; caídas desde tractores, remolques, señales de tráfico y farolas o tirolinas artesanas cuando fui un joven sin sentido de autoconservación.

Y ya maduro, aún no hace tanto, una caída con la bici de mi hija pequeña con la que pude haber hecho mínima para los Juegos Paralímpicos si existiera esa especialidad: tres costillas, clavícula, pulmón encharcado y creo que libre del desgarro anal porque la bici llevaba cestita.

Y, ahora, la que me había situado frente a aquella leve mujer con la determinación de un sicario mexicano en sus ojos sonrientes. Como me había avisado, me palpó. Mucho y sin piedad, sin que mis gestos de dolor la desviasen lo más mínimo de su objetivo. Y eran gestos muy evidentes, incluso aparatosos.

"Ya está. Ves, no hay fractura", aseguro satisfecha de sí misma al acabar. "Pues no la habría antes, porque ahora estoy seguro de que sí", le reproché como un llorica, provocando de nuevo aquella chispa en los ojos que delataba la sonrisa bajo la mascarilla.

El caso es que si no había fractura, acertó y si la había, la arregló. La nariz ha curado bien y está ya para otra hostia. Como estoy seguro de que la habrá, de que solo es cuestión de tiempo, quería darle las gracias de este modo y decirle que si alguna sociópata tiene que volver a palparme la nariz, espero que sea ella.

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