Opinión

Palos y banderas

CADA VEZ QUE veo a alguien ondeando una bandera me pongo firme. No en posición de respeto, sino en posición de alerta: no sé desde dónde van a empezar a llover las hostias, pero sé que de algún sitio vendrán. Es lo que tienen las banderas, que solo suelen dar beneficios a quienes las venden y a quienes las utilizan para cobijar sus miserias éticas e intelectuales.

Hay banderas y banderas, de todas formas, y en la mayoría de ocasiones no dependen tanto de sus colores como de sus usos. Del uso, sobre todo, de los mástiles y los palos que las sujetan, que son como los perros de razas peligrosas: el peligroso no es el perro, sino el dueño.

Las banderas son también, o casi en exclusiva, símbolos, y como tal también dependen del contexto. En según qué circunstancias, pasan con una enorme facilidad de símbolo a metáfora. Una metáfora es un símbolo después de darle una pensada, razonado, con contexto.

Vamos al ejemplo: el Ayuntamiento de Jerez, en ese momento en manos del PSOE, se gastó el año pasado 56.000 euros para colocar en una de las principales avenidas una bandera de España de 70 metros cuadrados como «mejora estética». Unos meses después, durante uno de esos episodios de fuertes vientos, el aire la despedazó de tal manera que solo quedó el enorme mástil de 25 metros que la sujetaba, como metáfora de insignificancia ante lo que quiso ser un símbolo de grandeza. El viento también sopla a veces con aires de sarcasmo.

El miércoles pasado fui a ver el partido entre el CB Breogán y el Hapoel israelí. El de ida se había disputado a puerta cerrada, en un lugar del que ni siquiera me acuerdo y con las gradas vacías ocupadas por banderas de Israel y fotos de los rehenes de Hamás.

Nada que objetar, salvo porque en el del miércoles en el Pazo se cambiaron las reglas: la Federación Internacional de Baloncesto, que parece ser que tiene más poder que la mismísima Onu, prohibió todo tipo de símbolos y banderas que pudieran hacer alusión a la tremenda masacre que se está cometiendo en Gaza. No explicitaba a qué banderas se referían, pero todos entendimos que las prohibidas eran las palestinas. Me cuesta pensar en la Policía expulsando del pabellón a alguien por enseñar una bandera israelí y a la federación internacional sancionando por ello.

A principios del tercer cuarto, una joven se alzó en la grada con una bandera palestina. Era, según supimos después por la entrevista de mi compañero Nacho Fouz, una lucense de origen palestino que, aún sabiendo que con su gesto no conseguiría gran cosa, consideró más importante lo simbólico de expresar su rechazo a la muerte indiscriminada de civiles y niños. Lo hizo, además, con conocimiento y asumiendo las consecuencias: sabía que sería expulsada del Pazo y sancionada según la ley de espectáculos deportivos. Es exactamente lo que pasó.

Pero pasó algo más, que convirtió el símbolo en metáfora: cuando estaba siendo acompañada por la Policía fuera del pabellón, un hombre se levantó furibundo, le arrancó la bandera palestina de las manos y la tiró, en una acción que denotaba ira y ofensa en lo personal. Llevaba una camiseta del Breogán, pero yo también y no me sentí ofendido en absoluto, así que supongo que no era una cuestión de colores, sino de usos. Y me preguntó bajo qué bandera se cobija exactamente y qué sería capaz de hacer con el palo con el que la ondea.

 
MUNDOS PARALELOS
Un chaleco antibalas talla S de Bershka
Han alabado la valentía de Pedro Sánchez por ir a decirle a la cara a Netanyahu que la masacre de civiles en Gaza es intolerable, y razón no les falta. Pero lo realmente valiente, rayando con la inconsciencia, es caminar por una zona poblada de tiradores con un chaleco del ejército de Pin y Pon.

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