Opinión

En el nombre del cerdo

No hay seres dotados de mayor voluntad ciega para perseguir su único fin vital: engordar y cagar
Un animalista cordobés ha iniciado una campaña para dignificar el cerdo como animal base de la agroalimentación española y para su preservación.RAFA ALCAIDE (EFE)
photo_camera Ese mirar. RAFA ALCAIDE (EFE)

TENGO UN RESPETO reverencial por los cerdos. Por algunos de ellos siento incluso cariño personal. Supongo que son consecuencias lógicas de la cría social en extensivo, que al final acabas por conocer hasta sus nombres y el roce acaba haciendo el cariño.

Tampoco se puede generalizar, hay muchos cerdos que no son buena gente. En su descargo hay que decir que por lo general son cerdos criados en intensivo, en unas circunstancias difíciles para crecer en lo personal: macrogranjas como algún partido político de ultraderecha, fondos de estadios deportivos, despachos de empresas cotizadas y sitios igual de insalubres.

Unos y otros comparten, sin embargo, la virtud natural de la determinación. No hay seres mejor diseñados ni dotados de mayor voluntad ciega que ellos para perseguir su único objetivo vital: engordar y cagar. Esta determinación sin presunción es algo que, de manera injusta, casi nunca se le reconoce al cerdo, que tiene muchas posibilidades pero muy mala prensa.

Estamos ahora todos preocupados, y yo el primero, faltaría más, por el futuro de treinta y dos cachorros de perro de raza beagle que se van a utilizar en un proyecto de investigación de la Universidad de Barcelona, un experimento en el que se les administrarán dosis únicas y repetidas de un medicamento. No ha quedado asociación, fundación ni administración que no haya dejado patente su preocupación extrema por los perritos. No me extraña, porque te miran con unos ojitos que dan ganas de comérselos.

Ese mirar, por desgracia para ellos, no lo tienen los cerdos. Ni tampoco nosotros, fuera hipocresías, tenemos para ellos el mirar que tenemos para los cachorrillos de perro.

Habría que preguntarle a David Bennett Sr, un estadounidense que en este mismo momento sigue vivo porque un equipo de la Universidad de Maryland logró implantarle un corazón de cerdo. Un hito bestial de la ciencia médica que abre una ventana de esperanza para millones de pacientes pendientes de un trasplante de órganos.

El corazón trasplantado provenía de un cerdo modificado genéticamente para evitar el rechazo radical del cuerpo humano. Cuentan las crónicas que el animal provenía además de padres previamente clonados. Cuentan también que nunca le pusieron nombre.

El primer ser vivo en viajar al espacio fue una perra, Laika. Rin Tin Tin fue una estrella de Hollywood, igual que la parlanchina mula Francis. Pancho se hizo rico con la Lotería y se dio el piro al Caribe. Hasta sabemos de memoria el nombre del primer animal complejo clonado, la oveja Dolly, que abrió el camino para los padres del cerdo al que le hemos quitado el corazón para ponérselo a David. El único nombre de cerdo que recuerdo en este momento es el de Babe, el cochino que quería ser perro pastor; si se rodase una segunda parte, tendrían que llamarlo Bacon.

Me hubiera gustado poder recordar el nombre de ese cerdo, sería una especie de homenaje a toda su especie, a la que tanto respeto debemos.

Es una pena que los únicos cerdos que conozcamos por sus nombres sean los criados en aquellas macrogranjas ideológicas que decía, justo los cerdos que menos tienen que darnos. A veces, incluso, hasta tienen un mirar que los hacen parecer cachorrillos adorables, pero no debemos olvidar su determinación en su único objetivo natural: engordar y cagar, a nuestra costa y sobre nosotros.

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