Opinión

Moderadamente insatisfecho

photo_camera Gonzalo Pérez Jácome

YA NI SIQUIERA sé si es real o uno de esos falsos recuerdos que suele crear la memoria con trozos de otros verdaderos para hacernos el pasado más llevadero, para sostener esa imagen de nosotros mismos que nos permite seguir mirándonos al espejo con cierta indulgencia. El caso es que juraría que hubo un tiempo en el que la vida no era solo muestreos, estadística, porcentajes y encuestas, un tiempo en el que podía saber quién era y en qué momento estaba atendiendo a unas cuantas cosas básicas: la agenda de teléfonos, el año de nacimiento, la cartilla del banco, dos o tres poemas y poco más. Un tiempo en el que la vida era eso que iba encajando a trompicones entre "puedo escribir los versos más tristes esta noche" y "defender la alegría como una trinchera".

La escala del estudio del Eurostat, el departamento de estadísticas de la Unión Europea, quiere ser más precisa; va de 1 a 10, siendo 1 muy insatisfecho y 10, muy satisfecho. La pregunta es: ¿cómo se siente de satisfecho con su vida? La media europea es de 7,1 sobre 10, lo que me parece bastante esperanzador. Hay más ciudadanos dispuestos a "defender la alegría como un derecho/ defenderla de dios y del invierno" que los que viven una noche inmensa en la que "el verso cae al alma como al pasto el rocío".

Dicen los versos tabulados del Eurostat que los países europeos con los ciudadanos más satisfechos con su vidas son Austria (7,9), Finlandia, Polonia y Rumanía (cada uno con 7,7), y los que menos Bulgaria (5,6) y Alemania (6,5). España, o sea yo, está justo en la media, con el 7,1, con lo cual debería sentirme más desgraciado que un polaco, pongamos por caso, pero más feliz que un alemán. No digo que no, tengo días.

El Instituto Nacional de Estadística español también ha hecho sus movidas para aportar porcentajes que nos ayuden a saber quiénes somos. Ha determinado que los españoles más satisfechos con su vida son los navarros: un 77,9% de ellos se sitúan a sí mismos en valores de entre 7 y 10. Nada que decir, enhorabuena por su felicidad foral. 

Lo que me hace "pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido" es comprobar que el último puesto de la tabla del Ine lo ocupa Galicia, con un 64,8%. Vale que los gallegos tampoco hemos sido nunca de "defender la alegría como una bandera", y menos de "defenderla del rayo y la melancolía", pero no sabría yo decir ahora por qué nos reconocemos más insatisfechos con nuestras vidas que los murcianos, por poner un ejemplo al azar.

El problema puede ser, intuyo, el diseño de la encuesta, a ver con qué narices le preguntas tú a un gallego si está satisfecho con su vida: 

—Bueno, es que soy de Lugo y aquí todos los días son tristes...

—Vale, le pongo un dos.

—Bueno, es que cuando no llueve hay una luz preciosa...

—Vale, le pongo un ocho.

—Es que llueve mucho...

—Pero vamos a ver, ¿usted quiere hacer la encuesta o no?

Da lo mismo, en cualquier caso, porque los gallegos tenemos ahora una oportunidad que no tienen los demás: unas elecciones en las que expresar cada uno hasta qué nivel estamos satisfechos con nuestras vidas o hasta qué nivel aspiramos a mejorarlas. 
Quienes quieren definirnos en base a estadísticas, muestreos y porcentajes seguirán tratando de estabularnos en sus encuestas pretendida y pretenciosamente independientes, tantas veces fallidas. Pero mientras no renunciemos a defender la alegría como una certeza y un destino, seguiremos resistiendo como un margen de error. 

MUNDOS PARALELOS: Los satisfechos ‘jacominos’ del Robespierre ourensano
Pocos gallegos hay tan satisfechos consigo mismo como el alcalde de Ourense, Gonzalo Pérez Jácome. El Robespierre ourensano, tras haber guillotinado al baltarismo, aspira ahora a llevar a sus ‘jacominos’ al Parlamento gallego. Otro que sabe bien lo que puede dar de sí un margen de error.

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