Opinión

Esto sí es fútbol

LUIS RUBIALES, HA SIDO DISTINGUIDO ESTE JUEVES CON LA MEDALLA DE ORO DE LA CIUDAD DE MOTRIL
photo_camera Luis Rubiales recibiendo la medalla de oro de la ciudad de Motril en 2021. EFE
HOLA, BUENAS. ¿Está la Guardia Civil? Que se ponga.
—Buenas, soy la Guardia Civil, usted dirá.
—Que mire, señora Guardia Civil, que soy Luis Rubiales, el expresidente de la Federación de Fútbol, y llamaba porque me han dicho que andaba usted buscándome para detenerme y esas cosas que hace usted, pero era para decirle que ahora me viene faltal. Es que estoy aquí, en el Caribe, con un colega y unas chorbas dándonos piquitos y eso, y no es por no ir, pero es que tenemos pagado el hotel con el todo incluido y, coño, es una pena.
—No, si ya me imagino el panorama, y razón no le falta. Yo lo último que querría es molestar para nada, pero también le tengo que decir que aquí alguien ha hecho algo...
—Pues tampoco le digo que no, ni que sí, pero que si eso, señora Guardia Civil, ya le aviso yo cuando vuelva y hacemos lo de la detención o lo que vayamos viendo y ese mal trago que nos evitamos ahora todos, ¿no?
—Sí, hombre, si además ahora andamos con un lío de la virgen, deteniendo a sus socios y compinches y pidiendo expedientes y haciendo papeleo y todo el copón, que no vea la de papeles que hay que hacer con la que han montado con tanto contrato con países raros y tanta leche. Le digo más: igual si viene ahora ni tiempo tenemos de detenerlo, así está la cosa, como para apurarlo encima.
—Pues yo encantado de ayudar, eh, por aquí me quedo. Venga, un piquito.

No hace falta que nadie me lo reproche, sé que esto no es serio. Pero es que hay veces que este país nos lo pone tan difícil que hasta Gila sospecharía. Y, sinceramente, no veo motivo: que después de varios años investigando, la jueza instructora al mando y el equipo de agentes que llevan todo ese tiempo rompiéndose el culo decidan reventar la operación cuando el principal investigado está de farra en República Dominicana solo puede deberse a un error involuntario y desafortunado, porque lo contrario sería tan descabellado y burdo que no cabe en cabeza humana. Pero ha pasado y, por desgracia para todos, Gila ya no está con nosotros para darle forma al asombro y mis intentos no alcanzan sino la patética mediocridad de todo en este fascinante país.

Da lo mismo, en cualquier caso, porque yo no venía a hablar del país, sino del fútbol. Empezando porque estoy convencido de que no hay país ni república ni monarquía ni dictadura más profunda y descaradamente corrupta que la Federación Internacional de Fútbol Asociación (Fifa). A lo mejor el Comité Olímpico Internacional (COI), que ahí le anda. Y de la cúpula hacia abajo, todas las estructuras continentales, nacionales y regionales sobre las que se sustenta.

Eso, por lo que nos toca, incluye la RFEF. Supongo que las imputaciones a sus últimos presidentes hablan por sí solas. Pero no me quiero quedar en los Ángel María Villar o en los Luis Rubiales. Ellos y sus camarillas de sinvergüenzas no serían posibles, ni durante tantos años ni con tal descaro y avaricia, sin el apoyo de los presidentes de la federaciones territoriales, y tampoco sin que cada uno de ellos contara con el visto bueno de los poderes políticos que siguen soltando la pasta en cada comunidad autónoma.

Escucharán en estos días a todas las estrellas del periodismo deportivo darse golpes en el pecho y clamar que es una vergüenza y que no se puede consentir. Y repetirán, sobre todo, el argumento de siempre: "Esto no es fútbol, el fútbol son valores".

Es el mismo argumento que sacan a pasear cuando los ultras de un equipo atacan violentamente a alguien o destrozan una ciudad, aunque no les dirán que son los mismos ultras que el día anterior han alabado en sus programas por sus vistosos tifos y que si esa gente puede hacer esos desplazamientos es porque los propios clubes los financian. Y no se lo dirán porque esos aficionados conforman una gran parte de sus audiencias y sus lectores.

Dicen que no es fútbol cuando una parte gruesa de un estadio lanza consignas machistas o racistas contra un rival, tan fuertes que ni siquiera bajando el sonido ambiente se pueden ignorar. Pero son los mismos que partido tras partido exhiben pancartas y símbolos nazis o justifican a futbolistas agresores sexuales con la tolerancia de clubes y prensa. Pero sí, es fútbol. Y una parte muy importante del fútbol, un ámbito en el que se toleran un sinfín de comportamientos que serían intolerables fuera de él. Porque todas esas cosas también forman parte indisoluble de este enorme negocio global que cuenta con una ventaja única: cuando el balón entra en la portería, todo lo demás carece de importancia. No hace falta que me lo reprochen, sé que esto no hace puta gracia. Se lo estoy diciendo, muy a mi pesar, como un amante del fútbol. Un piquito.

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