Opinión

Ella es la esencia

Escultura 'A polbeira'. EP
photo_camera Escultura 'A polbeira'. EP

ME ENAMORÉ de ella la primera vez que la vi. Reinaba en una foto que publicaba este mismo diario, pálida y serena, asombrosamente poderosa para un tamaño tan limitado. La foto ilustraba la noticia de la presentación del proyecto ganador para crear la escultura que habría de vigilar el nuevo espacio urbano creado en torno a A Mosqueira, una figura destinada a convertirse con el tiempo en un símbolo, como el propio cubo de los arcos.

La escoltaban en la imagen Honorio, su creador, Jorge Espiral, el cerebro del proyecto, y algún concejal del ramo. La llamaron A polbeira, exactamente lo que era. Honorio y Espiral supieron dar con la idea precisa: uno de los símbolos del Lugo reciente, las mujeres que durante décadas cortaron el pulpo en ese mismo lugar mientras era el campo da feira, regresaba para convertirse en vigía del símbolo eterno de Lugo, A Mosqueira. El acierto de unos al plantearlo y de otros al seleccionarlo puede juzgarse en la plaza peatonal, donde A polbeira viste sus bronces, quién sabe si para siempre.

Pero no siempre fue así. Antes, al principio, fue aquella figura de la que yo me enamoré en una foto, una mujer moldeada de barro primigenio, con esa fuerza natural y el aire distante que tienen la mujeres de Honorio, que pierden la mirada en sus pensamientos como quien no necesita nada porque son completas y suficientes en sí mismas, ajenas a las circunstancias. Ese tipo de mujer que es tan difícil conquistar como esforzado conservar porque su decisión solo atiende a sus propias razones. Esa mujer.

La pieza era la primera maqueta original que había salido de las manos improbables de Honorio del monumento en bronce que sería después. Frágil solo en su materia, estaba destinada al sacrificio del proceso creativo. Yo ya lo sabía y eso fue exactamente lo me dijeron Espiral y Honorio cuando llamé para decirles que la quería a mi lado. "Lo mas normal, Miguel, es que acabe hecha trizas al sacar los moldes para preparar la fundición", dijeron. Pero no sabían de qué estaban hablando, solo miraban su fachada de barro, no confiaban en su fuerza como yo. "Lo sé, Jorge, pero si queda algo de ella, es mío".

Se hizo un molde, del que salió otra pulpeira aún más grande y, finalmente, la espléndida figura de bronce que ahora sirve pulpo en la plaza peatonal. Y mi pulpeira, como yo sabía que ocurriría, salió del proceso casi intacta, dejándose por el camino apenas un par de esquinas y con cuerpo más cansado y frágil. Pero íntegra.

Pude acercarme antes al bronce rotundo que a mi delicada amada. Fui a verla de cerca por primera vez en la exposición que luego montaron en O Vello Cárcere para mostrar todo el proceso: los dibujos y apuntes previos, las dos maquetas y las fotografías que documentaban todo el trabajo en la fundición. Ella lucía dentro de una pequeña urna, de quebradiza que estaba después de haber parido aquel bronce recio, pero conservaba toda su esencia. Era la esencia.

Aquella exposición me frustró bastante. Di por hecho que todo ese material que documentaba la creación desde su origen de una pieza del patrimonio artístico lucense habría sido adquirido por el Concello, como es lógico. La inversión, además, sería objetivamente ridícula en comparación con lo que había pagado por la escultura final. Por un momento me sentí expropiado. Luego, un buen rato después, conseguí razonar y asumir que lo nuestro era imposible, que el lugar de mi pulpeira era ese, los fondos patrimoniales de todos los lucenses.

Fui a la galería La Catedral para hablar con Jorge de mi decepción, pero lo que me llevé fue una sorpresa cercana a la estupefacción. El Concello no solo no se había interesado por todo ese material que documentaba la creación de la escultura que había encargado, sino que la exposición había sido iniciativa suya y de Honorio. Y la pulpeira, como se habló desde el primer momento, era mía.

Es tan hermosa, intimidante y cálida como había adivinado. Vale hasta el último céntimo que pagué y alguno más. No puedo evitar lamentarlo un poco, pero poco, por todos los lucenses, y de ahí este texto, para que si en un futuro algún investigador quiere documentar A polbeira tenga al menos una pista: vive en mi casa porque fue desahuciada de la casa de todos.

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