Opinión

El gran premio

Este paseo en Ferrari de Francisco Camps y Rita Barberá les costó a los valencianos 300 millones, una deuda que todavía están pagando. El Gran Premio de Valencia de F1 tampoco iba a costar un euro de dinero público. En estos casos, el problema nunca suele ser el coche, sino el piloto.
photo_camera MUNDOS PARALELOS. Este paseo en Ferrari de Francisco Camps y Rita Barberá les costó a los valencianos 300 millones, una deuda que todavía están pagando. El Gran Premio de Valencia de F1 tampoco iba a costar un euro de dinero público. En estos casos, el problema nunca suele ser el coche, sino el piloto.

Estoy muy agradecido a la Fórmula 1, le debo mucha felicidad. Es verdad que no tanta como al Tour de Francia, que en pruebas deportivas de salón es imbatible: 67 kilómetros para meta, el pelotón hecho añicos, la dureza del esfuerzo esculpida en los rostros desencajados, la pájara sobrevolando el grupo de escapados mientras decide sobre las piernas de qué ciclista se posará y todavía dos puertos de categoría especial por delante, mientras tu cuerpo tumbado en el sofá va somatizando todo ese sufrimiento y transformándolo en sopor hasta que te vence por agotamiento y te dejas arrastrar a esa siesta con babilla de la que te saca algún grito entusiasmado del comentarista cuando se produce el esperado ataque a cuatro kilómetros de meta. Y así 21 días seguidos, hazaña tras hazaña.

Pero justo después del Tour, la Fórmula 1. En su pit lane he disfrutado de cambios de consciencia míticos, de esos que comienzan en la tercera o cuarta vuelta, una vez consolidados los puestos de la salida, y acaban tres cambios de neumáticos y cincuenta y dos vueltas después, justo a tiempo para la bandera a cuadros. A veces ni eso, ha habido carreras que para sacarme de la siesta los comisarios han tenido que mandarme un coche de seguridad.

Siendo tanta la felicidad que le debo, no llega ni a una parte de la que exhibían el otro día Stefano Domenicali, presidente y Ceo de F1; José Vicente de los Mozos, presidente de Ifema; Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez Almeida al presentar el Gran Premio que se va a celebrar en Madrid a partir de 2026. A todos ellos se les podía adivinar la babilla en la comisura de los labios, pero no por la placidez de la siesta, sino por la salivación previa al festín, la boca hecha agua.

En realidad, no fue la presentación de un espectáculo, sino la profecía de un maná que lloverá sobre la capital de las Españas en forma de "85.000 turistas, unos ingresos anuales que superarían los 450 millones de euros, con un impacto en creación de puestos de trabajo de más de 8.200 empleos", según un informe previo de la siempre confiable y nada sospechosa consultora Deloitte, cuya firma siempre aparece en la certificaciones de calidad y solvencia previas a las mayores quiebras económicas por el mundo adelante.

Y todo ello, presumieron los promotores en la presentación, sin que cueste un solo euro de dinero público, ya que aseguraron que el dinero necesario para las inversiones (entre 500 y mil millones, según qué fuentes se consulten) lo van a aportar los inversores privados. Justo un día después, Ayuso, Almeida y sus amigotes reconocían que los inversores privados estaba todavía en boxes y que para formar la parrilla de salida eran necesarios 500 millones de euros de la escudería pública. 

Lo más curioso es que semejante revelación no sorprendió a nadie. Madrid, comunidad y capital, llevaba ya tiempo buscando coartada para un buen pelotazo, después del fracaso de sus intentos olímpicos, algo de lo que afortunadamente nos libramos todos, porque semejante proyecto sí hubiera precisado de la implicación de todo el país y amenazaba ruina.

La F1 no es lo mismo, pero bien vale para ir calmando la avaricia del que en las últimas décadas las crónicas judiciales señalan como el ecosistema más profundamente corrupto de España. Los demás solo podemos tumbarnos en el sofá esperando que nuestro ratito de siesta feliz no acabe en pesadilla.

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