Opinión

El dueño del balón

La única manera de proteger las libertades es mantenerlas lejos del control del poder
Elon Musk. EFE
photo_camera Elon Musk. EFE

Estoy en la cima, como Elon Musk desinflando su globo de Tesla para apostar por otro. Igual algo menos, porque yo sé que para mí todo irá tarde o temprano cuesta abajo, los hombres más ricos del mundo son escasos. Pero en mi cima, seguro: nadie había ofrecido nunca tanto por mí, yo que llevo en subasta pública tantos años de profesión y no había recibido ni una triste oferta.

Elon Musk cree que valgo 44.000 millones. Exactamente yo no, sino la red social Twitter, pero dado que soy uno de los usuarios más o menos habituales que trabaja en Twitter, algún valor tendré. Porque eso es precisamente lo que está comprando, los millones de usuarios que utilizamos esta red y que somos los que la dotamos de contenido, cada uno dentro de sus posibilidades.

Cuando Musk se gasta 44.000 millones, la mercancía que está comprando somos nosotros, nuestros chistes chorras, nuestros vídeos ridículos, nuestras opiniones insustanciales... Todo aquello que a Musk se la suda por separado pero que es una golosina cuando se empaqueta en conjunto: compra el tiempo que le regalamos, una plaza pública con reglamento. Aunque ahora que la plaza ya es suya, el reglamento lo pone él, como cuando de niños el dueño del balón decidía si era gol o era alto y, si no, se llevaba la pelota.

A los dueños de algo les pone mucho esta sensación, pero en realidad juegan con el golpe de efecto. 44.000 millones a cualquiera como yo, que no soy dueño ni de mí mismo, le parecen una burrada, pero no es para tanto si se piensa que solo es una sexta parte del dinero que tiene Elon Musk, juega con mucha ventaja. Es como si yo gastara, vamos a poner, 700 euros en un móvil para instalar Twitter, como si el comisionista Luis Medina gastara 41 euros en un cargamento de mascarillas o como si Felipe de Borbón gastara 416.000 euros en... bueno, olvidémoslo, Felipe de Borbón no tiene gastos.

Vamos, que tampoco es para tanto. La clave ahora está en saber qué quiere hacer exactamente el dueño del balón y cómo irá variando las normas del partido según le vaya conviniendo, porque eso es lo que sucederá. Por si acaso los demás fuéramos gilipollas del todo, algo en absoluto descartable, Musk asegura que su inversión en Twitter está destinada a convertir esta reunión de ególatras, exhibicionistas, enfermos mentales más o menos peligrosos y cómicos frustrados en la plaza pública de la democracia, donde él será el garante de la misma porque es un "absolutista de la libertad de expresión".

Por historia y por experiencia propia, porque a quien más y a quien menos ya nos han dado en la cabeza con alguna libertad, sabemos que la mejor y casi única manera de proteger las libertades es mantenerlas lo más lejos posible del control del poder, sobre todo del poder económico que, si bien no es el único que existe, es el único que puede llamarse de verdad poder.

"Cuando hablo de libertad de expresión me refiero simplemente a lo que se ajusta a la ley", ha querido aclarar Musk sin aclarar nada, porque otra cosa no, pero leyes tenemos por todos los lados como para reciclar. Y de todas ellas, la que siempre y en todos los lados se cumple a rajatabla es que lo único que interesa al dinero es más dinero.

A mí también, para qué vamos a ser hipócritas, así que de momento he decidido esperar y no aceptar la oferta de Musk, hasta ver a dónde nos lleva su juguetito. Porque haya pagado lo que haya pagado por las acciones de Twitter, al final seguirá dependiendo de que usuarios como nosotros sigamos trabajando gratis para esta red o pongamos nuestro propio precio a la libertad de expresión.

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