Opinión

Despertarse una mañana

UNO DE LOS MAYORES trágalas con los que nos ha hecho comulgar esta sociedad neoliberal es que envejecer es una enfermedad, que los viejos son un problema económico, sanitario y social. Lo vimos en toda su crudeza durante la pandemia, cuando los dejamos morir a miles en esas residencias convertidas en campos de exterminio. Todavía seguimos sin atrevernos a investigar aquello que hicimos y que no hicimos, aún no hemos conseguido adormecer lo suficiente nuestras conciencias, nos damos demasiado asco.

Pero no es solo aquello, es todo: las personas ya no envejecemos, nos pudrimos. Y con ello, se nos niega el derecho a convertirnos en lo que realmente siempre fuimos, a descubrir quienes somos.

A mí me gustan los viejos porque creo que uno es lo que es de viejo. Antes de ser olvido, me refiero. Lo que eres cuando ya no aspiras a ser, cuando ya no te importa lo que ven en ti, cuando se han superado hasta los propios escrúpulos que durante la vida te han ido frenando, te han ido impidiendo ser lo que eres. Cuando ya no hay parejas a las que impresionar, ni jefes a los complacer ni compañeros a los que adular. Cuando ya tienes arrugada hasta la vergüenza torera.

Cuando uno ya no puede ser otra cosa que lo que es pueden pasar cosas asombrosas, como que te despiertes una mañana con el frío okupando los huesos, siendo de derechas u odiando la ternera. Le ha pasado a Julio Gallego, todavía alcalde del PSOE de Samos y socialista de los de carné y cuota trimestral: «Me aparté del PSOE por descontento... y ahora me considero de derechas». Seguramente lo que ha pasado es que Julio siempre ha sido de derechas, solo que ahora ya no tiene una familia que sacar adelante ni las aspiraciones de antes. O sí las tiene, pero como las tienen las personas que van entrando en edad, aspiraciones por poderes: Julio apoyará a su hijo, que será el candidato a la alcaldía de Samos por el PP.

Envejecer es ponerse rebequitas bajo la americana del traje. Y que te importe una mierda el color de la chaqueta o si pega o no con el traje y la corbata, porque esa chaquetita es puro amor y calorcito del bueno y el traje, un frío incordio.

Cuando yo leía a Ramón Tamames todavía no llevaba rebequitas debajo del traje. Eran finales de los ochenta, él acaba de dar el salto al fantasmagórico CDS y sus libros sobre estructura económica española e internacional eran los libros de texto en mis asignaturas de Economía. Con la ignorancia de la juventud, aún pensaba que estaba leyendo a un comunista.

Tamames también se despertó una mañana siendo de derechas. Reconociendo que era de derechas, quiero decir, en la edad en que ya te importa una mierda lo que piensen de ti unos universitarios inocuos que ni siquiera alcanzan a comprender tus ideas sobre economía.

Porque don Ramón siempre fue de derechas, como ahora sabemos. Vestía traje de comunista cuando le propuso a Carrillo que el PCE apoyara el gobierno de concentración que derrocaría a Suárez y presidirían los militares, con el propio Tamames de ministro. Ya se había puesto la chaquetita debajo de la americana cuando en 2016 propuso un «gobierno técnico» presidido por Luis de Guindos.

Por todo esto defiendo su derecho a liderar la moción de censura de Vox. Me pueden las ganas de saber cómo se habrá levantado esa mañana, de escuchar lo que tiene que decir alguien a quien ya se la suda todo, incluso Vox.

MUNDOS PARALELOS
¿Dónde está Ramón?
Un tuitero tituló esta foto ‘Los doce del prostíbulo’. Tamames está, físicamente, en el centro de la imagen. Pero mientras los otros once ultras miran de frente a la cámara, Ramón pierde su mirada hacia algún punto. ¿Dónde estará Ramón? ¿Volverá a tiempo para la moción?

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