Opinión

Demasiados Albertos

TRANQUILA, ISABEL, no te enciendas, todos lo comprendemos, también mi pareja me oculta cosas. Bueno, más bien me las esconde, que a lo mejor no es lo mismo, porque si hubiera ganado dos millones de euros de golpe, de la mañana a la noche, yo creo que se lo notaría, siquiera por su ausencia.

Lo suyo, lo de mi pareja digo, es más de esconder. Me esconde las pastillas para la memoria, o la libreta de las notas, o la tarjeta sanitaria o el paquete de arroz bomba. Qué sé yo, cosas de esas, por pura maldad, para que tenga que humillar la testuz y preguntar y venga ella, irrumpiendo en la cocina como Cleopatra entró en Roma, y la encuentre. Abre el cajón donde yo había mirado justo un minuto antes y aparece el arroz bomba, que deja en la encimera con el desdén de quien perdona la vida a un enemigo derrotado porque ya no le importa, como lloraba Sabina.

Pero que igual que me esconde el arroz, Isabel, me oculta dos millones de euros, así te lo digo. Además, que para mí es muy fácil hablar y pensar que me daría cuenta porque vivimos en 90 metros cuadrados los cuatro, que son una multitud hasta cuando estás solo y te cruzas las miradas hasta cuando te estás quitando las lentillas. Pero vosotros dos, Isabel, que vivís en dos pisos de 180 metros cada uno, pues igual si no coincide no os veis en tres o cuatro días, y eso porque le mandas un whatsapp para quedar a cenar en la terraza.

Y qué coño, Isabel, que además es Madrid, un sitio en el que es imposible encontrarte con tus ex, pasados o futuros. Que ya que sacas el tema, también hay que decir que igual hay demasiados Albertos en tu vida, así es difícil saber si te van romper el corazón o la retirada. No quiero meterme donde no me llaman porque no soy nadie para dar consejos, Isabel, pero si yo tuviera que darle una vuelta me pensaría lo del coche: un Maserati diésel suena a centollo con kétchup, a crucero por el Manzanares.

Vamos, que allá tú, Isabel, pero que estamos contigo. Nadie repara en el sufrimiento emocional que debes estar pasando. Porque lo de los Albertos es fuerte, pero al fin y al cabo son dos que te encontraste en la calle, como dice mi madre, pero lo de la familia es otro cantar. ¿Si ya no puedes confiar en la familia, dónde te puedes refugiar?

Qué crueldad, padres y hermanos enriqueciéndose a tus espaldas, Isabel. Imagino cómo lo debías pasar en esos momentos de las comidas o cenas familiares en las que volvías de la cocina o de atender un llamada y al entrar en el comedor todos callaban y, tras un instante de desagradable silencio, cambiaban de tema y se ponían a hablar de la hostelería o de la libertad o de la fruta o de lo que fuera. ¡Qué incomodidad!

Pero cómo no te vamos a entender, a quién no le ha pasado. Puedo recordar sin esfuerzo la de veces que he entrado a deshoras en la salita de casa y mis padres han apagado de golpe la televisión: "Venga, para la cama que esta es de dos rombos". Y lo pienso ahora y ya no sé si me ocultaban dos tetas o dos carretas de mascarillas, a ese punto hemos llegado. Que claro, al no tener en la familia pisos, ni reclamaciones de Hacienda por 350.000 euros, ni acusaciones de la Fiscalía, pues seguramente eran tetas, pero vete tú a saber.

El caso es, Isabel, que a cuenta de todas estas mandangas se está cuestionando tu honestidad y  nos parece muy injusto. Otra cosa muy distinta es tu capacidad: si todas las personas de tu círculo más íntimo, aquellas a las que llamas mamá, tato o pichurri, se han enriquecido sin que tú te enterases ni sospechases lo más mínimo, quizás no seas la persona más adecuada para gestionar y cuidar los fondos públicos. 

El dilema es así de simple, Isabel, o incapaz o deshonesta, tú eliges. Pero en ambos casos el final debería ser el mismo. Besos.

MUNDOS PARALELOS
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