Opinión

Cuatro sobre cinco

ESTA SEMANA llevé el coche a pasar la revisión al concesionario oficial. Lo típico, aceite, filtros y cualquier otra historia que los mecánicos me quieran meter porque no tengo ni idea de cómo se mantiene un motor. Siempre que lo hago me acuerdo, avergonzado, de mi padre, en qué me diría viéndome entrar por la puerta del taller un hombre que en su puñetera vida necesitó pagar a nadie para mantener sus cosas a punto.

Fue así, ahorrando en estas cosas y deslomándose por la semana en su curro oficial y los fines de semana y fiestas de guardar en los campos de labranza, como consiguió pagarme una carrera y bastantes caprichos prescindibles. Con su buzo azul y el capó del coche levantado en el corral de casa, yo lo miraba como quien miraba a un hechicero preparar sus pócimas: la comprobación de la varilla del aceite tres o cuatro o las veces que hiciera falta hasta asegurarse de que el nivel era el preciso, desmontar las bujías, ajustar la correa de distribución, la revisión metódica de filtros y líquidos... Si cuando cerraba el capó dando por acabada la faena me dicen que aquel 127 verde estaba listo para ser enviado a una misión a Marte, me lo creo.

Yo miraba mucho pero retenía poco. Supongo que no he heredado sus habilidades ni he sufrido sus apreturas. La necesidad es buena maestra. El caso es que llevé el coche al servicio oficial y me lo devolvieron unas horas después, pagué y me fui, sin más historias.

Al día siguiente recibí una llamada. Una voz femenina quería hacer una encuesta de "satisfacción" sobre mi experiencia en el taller mecánico, dos conceptos, satisfacción y taller mecánico, que hasta ese momento nunca se me había ocurrido relacionar.

Me pidió que valorase del uno al cinco mi grado de satisfacción con la experiencia vivida y, también del uno al cinco, mi disposición a recomendar el taller a familiares y conocidos. Acostumbrado a ser yo quien perpetra este tipo de preguntas desconcertantes, opté por la generosidad: un cuatro para ambas, sobresaliente de ocho, calculé.

Aún más inesperada que las preguntas fue la explicación que me dio a continuación la mujer de la encuesta: la marca oficial para la que trabaja el concesionario penaliza todo grado de satisfacción por debajo del cinco, lo que es malo para el taller. "Por si quiere cambiar usted las valoraciones", me sugirió.

Pude hacerlo, pero es que no me salió. Creo que un sobresaliente de ocho, le expliqué, para una experiencia que se limita a dejar el coche en un taller, pagar y recogerlo es más que suficiente. No hubo caricias ni masajes, no me invitaron a una cena romántica, ni llevaron a mis hijos a actividades extraescolares ni vinieron a casa a hacerme la plancha. Lo que se debería cambiar, traté de razonar con ella, no es mi puntuación, sino esa manera majadera de valorar la eficacia de un servicio que solo admite como resultado una utopía solo posible a través del chantaje emocional al cliente.

La única manera de que les diera el cinco, pensé cuando colgué, es que al entrar en aquel taller me estuviera esperando mi padre con su buzo azul. Justo ese día se cumplían ocho años de su muerte. Ingresó por primera vez en su vida en el servicio sanitario oficial para una revisión de rutina y me lo devolvieron en un ataúd. Ningún servicio de control de calidad me llamó para preguntarme por mi grado de satisfacción. Aún lo escucho a veces, siempre que voy a un taller, con ese tono entre reprimenda y cariño con el que solo sabe hablar un padre resignado: "¿Pero todavía no has aprendido a cambiar el aceite, hijo?"

MUNDOS PARALELOS
XESÚS PONTE
XESÚS PONTE
Ojito con Lugo, que está a un solo corte de la independencia
Con la A-6 casi impracticable, sin tren, sin enlaces ágiles con el resto de Galicia, a Lugo le bastaría cortar el Puente de los Santos en Ribadeo para hacer sus fronteras infranqueables. Entre que nos mandan a los piolines en ferry por Burela, la independencia lucense duraría bastante más que los ocho segundos que duró la catalana. Solo que nosotros lo llamamos aislamiento, somos así de humildes.

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