Opinión

Cosas de ver

EL SÁBADO pasado fui a que me sellaran la compostela oficial de pailán de Lugo. Le tengo mucho interés porque cuando complete todos los sellos espero que me hagan hijo predilecto o me dejen dar el pregón de Semana Santa o, qué se yo, ser jurado del concurso de belenismo. Cualquier cosa que reafirme mi lucensismo, no pido más.

El sello anterior me lo habían puesto en el Ikea, que es una estación imprescindible para un pailán de Lugo que se precie. Y bien que me lo gané, antes camino de rodillas a la capilla de la Virxen dos Milagres que volver al Ikea, un templo moderno al que a vas a morir de vivo por no volver ni muerto. Hay que ir a por la certificación de pailán, ya digo, pero la cosa es para indulgencia plenaria. Después de seis horas de dudas y desorientación, salí con una jabonera de plástico, una caja de cuelga fácil y una soga. No le acabé de pillar el punto a los suecos, no son formales como el Apóstol: fui porque prometían el milagro de salir con el piso amueblado sin esfuerzo y resulta que te tienes que hacer tú los muebles. Al menos, un nativo me ayudó a encontrar mi coche en el párking, que resultó estar un piso más abajo de donde yo lo buscaba. Un nativo de aquí, se entiende, que si llega a ser un nativo sueco aún estoy allí cortando tablones.

El sábado pasado, a lo que iba, fui a lo otro: a Vigo a ver las luces de Navidad. Algo hay que reconocerle a Abel Caballero, el alcalde luciérnaga: ha sabido llevar a otro nivel el populismo naif que inauguraron Miguel Ángel Revilla y Paco Vázquez. José López Orozco tuvo luego un buen intento en Lugo, pero lo lastraron los escrúpulos ideológicos y lo abortaron las clemencias personales, así que Caballero, el tío, ha quedado como gran referencia provinciana de la política de acera y fuegos artificiales.

El caso es que me fui a Vigo, que lo bueno que tiene es que está ahí mismo y lo malo, que se tarda en llegar un mundo. Como coartada nos llevamos a mi hija y a sus dos mejores amigas, que son mellizas pero a poco que se revuelvan, entre las tres, parecen sextillizas. Todo sea por el espíritu navideño... y por no dejarle el marrón al servicio de Menores de la Xunta.

Por no molestar, porque los de aldea somos así de discretos, dejamos el coche en Pontevedra, tomamos unos blancos, comimos y nos fuimos en tren. Cosas de ver, oiga, Pontevedra y el tren. Pontevedra porque está muy chula y el tren porque es un invento. A Lugo igual aún tarda un tiempo en llegar, porque ya sabemos que aquí los avances tardan en avanzar, pero el día que nos alcance el tren va a ser un antes y un después, así se lo digo.

En Vigo hay luces, para qué voy a decir que no si es que sí. Y una noria que mete miedo con unas vistas a las grúas del puerto que meten más miedo aún, y fuentes iluminadas y casetas de vino y dulces y muchas maravillas más que ahora no sabría contarles pero son de ver. De ver si les dejan las luces, claro, porque a la hora y media parece de día aunque cierres los ojos, he tenido viajes de ácido la mitad de alucinantes que la calle Príncipe. Al menos las luces están todas puestas en su sitio, no las tienes que instalar tú, como en el Ikea.

Otra cosa que tiene Vigo en Navidad es que nos conocemos todos. Los que van caminando a su ritmo y mirando al frente son nativos de allí, y los que vamos vagando sin rumbo y mirando hacia arriba somos de Lugo. O de cerca. Es como un miércoles en la feria de Castro pero de noche, te sientes en la terraza que te sientes tienes a alguien a quien saludar. Solo que te tienes que fijar más, porque hay que reconocerse entre los destellos.

Las niñas bien, gracias. Al par de horas de pasear sin destino, satisfechas de churros y tortitas y hastiadas de adornos navideños hasta que cumplan la mayoría de edad, solo pensaban en volver a la estación de tren para echar un rato en la tienda de la Fnac. Yo, no quiero ser hipócrita, tampoco les quité el capricho: estuve a punto de meter los dedos en un enchufe despistado de una cúpula de leds a ver si venía a rescatarme el 061.

Cumplida la peregrinación y cumplimentanda la pailanada, volvimos a Lugo. Hasta Pontevedra, en tren. Cosas de ver, oiga, Pontevedra y el tren.

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