Opinión

Un buen golpe de Estado

EL POBRE HOMBRE solo recuerda que alguien llamó al portero automático del palacio presidencial de Perú: "Pedro, abre somos nosotras". Cualquiera que conozca la rica mitología de Cariño, cuna y destino de los legendarios viajeros de la emigración, sabe que no se tiene que abrir, que ese es el canto de las sirenas que solo quieren revolver en busca de objetos que les sirvan, dinero mucho mejor.

Pero Pedro Castillo abrió, y lo siguiente que recuerda es estar detenido después de haber dado un golpe de Estado. Ay, los mitos, que no aprendemos, a unos su desdén les cuesta 16.000 francos suizos y a otros, el imperio inca.

Asegura Pedro Castillo, como aquel otro Ulises galaico que también osó desafiar la llamada de las sirenas sin más parapeto que una mesa camilla, que le echaron droga en la bebida, con tan mala suerte de que en vez de dormir muchas horas, como es de dios, le dio por disolver el Parlamento e imponer la ley marcial. No seré yo el que lo juzgue, ¿a quién no le ha pasado? En varias ocasiones, según me cuentan, he estado en un tris de anexionarme Portugal, que menudo lío, menos mal que alguien me ató a un mástil.

No se tiene que abrir, ese es el canto de las sirenas que solo quieren revolver en busca de objetos que les sirvan, dinero mucho mejor

Que para el caso, lo de Pedro y lo mío viene a ser lo mismo, con la diferencia a mi favor de que yo no acabé en una celda con cara de "¿qué pudo salir mal?". Castillo quería pasar a la mitología latinoamericana, capítulo Caudillos, como el hombre surgido del pueblo que cambió el destino de su país y se ha quedado en una nota a pie de página del capítulo Dictadores, como el presidente que protagonizó el golpe de Estado más ridículo. 

Iba a poner también el golpe de Estado más breve, pero en eso todavía le ganan en Catalunya, otro territorio donde la política se sustenta en los mitos. Los 44 segundos de república catalana son difícilmente batibles y convirtieron a Carles Puigdemont en el Usain Bolt del independentismo. Todavía está corriendo, de hecho, pero no creo que pueda superar su propio récord ni aunque le echen droga en el colacao.

La verdad es que si nos ponemos a pensarlo, vivimos un momento de la mitología que no va a ningún sitio, vamos a dejar a las futuras generaciones unas leyendas políticas que no les van a dar más que para preguntas curiosas del Trivial. En golpes de Estado, al menos, vamos más bien cortos, hay que esforzarse más.

Es que hasta los alemanes, epítome de eficacia y organización, están dejados de la mano de dios. Acaban de detener a una célula de Reichsbürger (Ciudadanos del Reich) que andaba preparando un golpe de Estado. Lo tenían todo previsto, a estos prusianos no se les escapa un detalle: tenían carnés de conducir y de identidad del Reich, sus propias matrículas y moneda y estaban liderados por Heinrich XIII, un supuesto príncipe destinado a convertirse en el jefe del Estado.

Los 44 segundos de república catalana son difícilmente batibles y convirtieron a Carles Puigdemont en el Usain Bolt del independentismo

Aparte de todas esas ventajas, claro, tenían algunos inconvenientes: estaban armados con fusiles y ballestas, lo que me parece muy adecuado si quieres restaurar el imperio alemán de 1871; su adiestramiento militar parece limitarse al de un exsoldado retirado de 69 años; y la célula no llegaba a 25 personas, que para montar un imperio se me hacen pocas.

Tampoco en España estamos para dar lecciones. Las tres gracias de las derechas andan alborotadas porque Sánchez ha dado un golpe de Estado. Otro que tal baila: para consumarlo, lo que hace es presentar leyes ante un Parlamento en el que siquiera tiene mayoría. Con el mito de la democracia hemos topado, aquí el más tonto te hace una asonada.

Es un golpe de Estado tan raro que se puede frenar con una moción de censura, dicen Ciudadanos (bueno, Inés Arrimadas) y Vox, que propone además que la lidere un candidato «neutro». Yo propongo a Pedro Castillo, ¿qué podría salir mal?

Comentarios