Opinión

Balas en las cabezas

ME PASA, QUE a lo mejor justamente a usted no pero a más gente también, que muchas veces tengo la sensación de que lo de la pandemia no lo hemos acabado de superar del todo. El caso es que la mayor parte del tiempo son solo recuerdos difusos, como si hubieran pasado ya tres décadas en lugar de tres años, pero a la vez es como si siguiera siendo una presencia constante, una realidad, como si algo siguiera fundido dentro de mi cabeza. ¡Ay, las cabezas, cómo están las cabezas!

Y eso sabiendo que tuve una suerte que no tuvieron muchos, la de regresar a las calles y a las oficinas y a los bares y a los estornudos sin mascarillas sin que el virus asesino se hubiera llevado a ninguna de mis personas más queridas, sobre todo a las mayores. Igual ni siquiera es suerte, igual son solo circunstancias: mi padre murió igualmente a destiempo, pero unos años antes, y mi madre se pudo parapetar en su casa del pueblo con un corral atravesado por el aire frío y sano de la sierra, en lugar de pelear a muerte en una residencia.

Eso tampoco lo hemos terminado de superar del todo, lo de las residencias. A lo mejor es que todavía nos da demasiada vergüenza lo que hicimos, lo que fuimos, lo que somos, pero por momentos da la sensación de que el país entero, las cabezas todas, quisiéramos pasar página y olvidar como si nunca hubiera sucedido, como si no hubiéramos tomado la decisión de considerar prescindibles decenas de miles de vidas que hicieron posible que nosotros, justo nosotros, hay que ver qué suerte, podamos estar aquí haciendo como que nunca pasó nada.

Pero pasó. Casi a diario hay señales y ausencias que nos lo recuerdan. Y presencias, como la que ahora se ha materializado ante María de Álvaro en forma de factura. La Comunidad de Madrid le reclama el pago de 674,28 euros por la estancia de su padre, Ángel, en la residencia pública de ancianos el mes de marzo de 2020 y los cinco días de abril que aguantó antes de morir.

Ángel no tenía seguro privado, así que fue de esas personas que los protocolos establecidos por la Comunidad de Madrid impedían trasladar a los hospitales cuando enfermaban por el covid. Esos mismos protocolos también impedían a los familiares acompañarlos, visitarlos o llevárselos, así que Ángel murió solo, sin tratamiento y tras varias jornadas de terrible agonía mientras se asfixiaba entre espasmos de dolor. 

A María solo le comunicaron la muerte. Ni se molestaron en ponerse en contacto con ella para que al menos pudiera recoger las pertenencias de su padre. Cuatro años después, recibe una factura de 674,28 euros. Una factura que no han recibido los miles de bares y locales de hostelería a los que se les dejaron de cobrar durante meses o años tasas y terrazas, pero que sí están recibiendo los familiares de los ancianos a los que se marcó en esas residencias como vidas prescindibles. 

Y lo hacen cuatro años después, ya sin la coartada del desconcierto, sin nada tras lo que ocultar su falta de humanidad. María lo expresa mejor: "Se pone en contacto conmigo el asesino de mi padre para reclamar el valor de la bala con la que lo mató".

En este país siempre hemos sido muy de pasar página sin arreglar cuentas, por eso llevamos la historia a rastras y el rencor colgando, pasando facturas a deshoras y rebuscando entre cunetas. María ha decidido que no va a pagar, normal. Pero alguien debería hacerlo para que las cabezas puedan pasar página, porque ¡ay, cómo están las cabezas!

MUNDOS PARALELOS
G
EFE
Adelantando trabajo
Habría que saber si todos esos agentes con pinganillo que aparecen en las fotos de la boda del alcalde de Madrid están en labores de seguridad o de investigación y vigilancia, por lo que pueda pasar en un futuro. Lo del pinganillo va por los auriculares, no por el novio.

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