Opinión

Un árbitro y una cerveza

Aficionados de España en Catar. SUHAIB SALEM
photo_camera Aficionados de España en Catar. SUHAIB SALEM

BUDWEISER ES una bebida parecida a la cerveza, muy popular en países en los que los bebedores no se respetan a sí mismos, como Estados Unidos. Vende a mares, claro, porque el mal gusto se dispensa a precio de bazar y es patrimonio global. Budweiser ha pagado 72 millones de euros a la Fifa para patrocinar el Mundial de Catar. A cambio, podría vender su brebaje alcohólico en los estadios de fútbol y en los puestos que rodeaban los campos antes y después de los partidos. Hasta habían instalado zonas específicas para que los intoxicados (decir borrachos sería un exceso) pudieran echarse un rato en lugar de andar arrastrándose por la ciudad hasta los hoteles.

El viernes, a solo dos días de la inauguración del Mundial, Catar decidió romper su acuerdo con la Fifa y prohibir la venta de alcohol. No solo de Budweiser, que se hubiera podido entender como legítima defensa, sino de alcohol. Incluida la Estrella Galicia, pongo por clamoroso ejemplo.

Para la Fifa ha sido una patada en las pelotas, quizás más dura que ninguna otra de las anteriores. El corrupto y corruptor organismo rector del fútbol no había tenido mayores escrúpulos con los múltiples signos de reino medieval que Catar exhibía internacionalmente sin mayor pudor. Al contrario, se había comprado un Mundial para poder exhibirlos, naturalizarlos.

Pero esto es otra cosa. Todo pichipata sabe que para hacer un Mundial solo se necesitan dos cosas: un árbitro y dos aficiones con ganas de fiesta. Todo lo demás es prescindible, o al menos intercambiable. El fútbol y el alcohol han sido prácticamente inseparables desde su feliz encuentro.

Fifa y Catar también eran conscientes. Sabían que el mundo podía transigir con muchas cosas: con miles de obreros trabajando en semiesclavitud y muriendo en la construcción de los estadios; mujeres sometidas y reducidas a la condición de animales de compañía; gais y lesbianas a quienes se les niega el derecho a existir; derechos humanos ejercitados a latigazos, o libertades individuales que acaban donde empiezan las libertades del régimen.

Nada de eso tenía una importancia sustancial, porque nada de eso era desconocido cuando se designó a Catar como sede del fútbol internacional. Solo hubo que pagar por cada extra, que abrir un poco más el grifo del petróleo para que tal país permitiera a su federación dar el voto, que algún fondo catarí invirtiera en aquel otro mercado, que un maletín más grande llegase a casa de aquel delegado de la Fifa que iba aireando escrúpulos. Solo dinero, nada importante para un reino que flota sobre un mar de dólares.

Lo del alcohol, parece que entendieron los organizadores, era otra cosa. Por eso mantuvieron la mentira hasta el último momento: a estas alturas, ataques de hipocresía los justos. A ver con qué cara protesta ahora por esto cuando el mundo ha consentido con todo lo anterior.

Me hubiera gustado que mi selección renunciara a ir al Mundial, pero ahora no voy a ir yo también de hipócrita y reclamar un boicot radical a Catar 2022, porque seguramente veré los partidos que pueda. Soy así de mierdas. Pero espero que esta experiencia al menos nos sirva para avergonzarnos como ciudadanos en general y como aficionados al fútbol en particular, para que nunca vuelva a repetirse algo así: para que en adelante nuestro deporte sea un ariete de civilización y no una coartada para la barbarie. Y para que podamos celebrarlo con unas cervezas.

Mundos paralelos

Pakistán e Indonesia lideran las aficiones: todas las aficiones La organización de Catar 2022 ha mostrado su disgusto porque se diga que han contratado a extras para hacer de aficionados de los distintos países. En su apoyo, un miembro de la animación española ha asegurado: "Saya generasi ketiga Spanyol, keluarga saya berasal dari Calatayud".

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