Opinión

Al final del camino

Tuve una época muy de Nietzsche, quizás la más larga. A lo mejor, pienso ahora, demasiado temprana. La culpa, creo, fue de una monja de la Compañía de María, cuyo nombre no recuerdo pero que nos daba Filosofía en COU Valvanera, un centro que habían creado los Maristas, las Agustinas, la Compañía de María y los Marianistas para juntarnos a todos los que nos preparábamos para la selectividad en aquellos años ochenta en los que la educación todavía era estrictamente pública o privada. Teníamos 17 años y era la primera vez que chicos y chicas nos mezclábamos en el mismo espacio educativo, para que se hagan una idea. Se mire como se mire, una emboscada.

Salí de ella a duras penas. La monja llevaba dos semanas dando la turra con las cinco vías para la demostración de la existencia de dios de Santo Tomás como si aquello llevara a algún sitio, o incluso como si hubiera llevado a algún sitio a Santo Tomás. Ignoro aún por qué hilo conductor, el siguiente tema fue el atormentado Nietzsche, al que quiso despachar en media hora con unos cuantos comentarios despectivos. Quizás por saturación de Santo Tomás, o por lástima de Nietzsche o simplemente por ganas de tocar las narices, se la lie a la monja, y ella a mí. No se lo reprocho, yo ya sabía por el mesiánico demente alemán que tanto en el amor como en la guerra, la mujer puede ser más cruel que el hombre, y más si el hombre es un adolescente pagafantas con aires de radical y la mujer, una monja hecha y derecha forjada en la privación y la cadena de mando.

Igual ahí se me consolidó la tendencia a pensar raro y la obsesión por lo inútil, vete tú a saber: es conocido que el que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse a su vez en monstruo; cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

La etapa de superhombre me duró hasta que me dejaron claro que con esa estrategia de ligue me dirigía al abismo. Luego volví a dar tumbos, de Marx a Jung pasando por Tagore y los demás, sin método ni solución de continuidad, como el pensamiento agudo que todo lo toca pero nada aprehende. Relaciones todas tan enriquecedoras como confusas, promiscuas, poco sólidas, sin compromiso de fidelidad.

Sí fue algo más serio, he de reconocer, lo mío con Camus, que no recuerdo cómo empezó pero que en absoluto descarto que fuera ligeramente drogado y por incitación de alguna universitaria más interesada en darme cuerda que afecto. Se lo agradezco, de cualquier modo, lo de Camus y yo estuvo bien y nos ocupó un tiempo. Hasta que los dos nos sentimos vacíos, era visto.

Y así fui poco a poco dándome por perdido, creyendo atisbar el sentido de la existencia en el fondo de un vaso, en un atardecer anaranjado, en un abrazo inesperado, en un cuadro de Hopper o a la vuelta de cualquier esquina de la vida.

Hasta que un día, que incluso puede ser ayer, te descubres a las tantas de la madrugada en el sofá de tu casa conversando con una niña-mujer de 15 años sobre su compañero de clase irritantemente machista, las ventajas del pelo rizado o del liso, la lista de Epstein, los dolores menstruales, los dilemas ontológicos de un juez o sobre que desde hace cuatro días no sale sangre del último piercing en la oreja, ese que le regalaste por las buenas notas del último trimestre.

Y sabes, no de un modo racional pero sí con absoluta certeza, que esta vez sí. Que fueras a donde fueras, has llegado.

MUNDOS PARALELOS
XESÚS PONTE
XESÚS PONTE
Los Reyes Magos ahora juegan al fútbol, pero para el caso tanto da
Los niños lucenses se dividieron el viernes por la tarde entre los que fueron a ver la cabalgata de Reyes y los que fueron a recibir al Atlético de Madrid. Si se ven las imágenes, las miradas de ilusión no se diferencian unas de otras. Siendo al final lo importante esa mirada, tanto da.
 

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