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La vejez y otros asuntos

Es julio y el verano es frágil, apenas perceptible, salvo algún estallido de calor breve y ardiente como un disparo. La ciudad se recompone de las pandemias, acoge a turistas y se vacía de vecinos que se van huyendo de rutinas y otros espacios cotidianos.

Unos viajeros y yo entramos en un bar de la zona vieja. Tiene muros de piedra, alegrías floridas en la ventana, nombre de personaje de novela y una etiqueta en el cristal asegurando que el negocio se ha beneficiado de ayudas para superar los meses de acabose y cierre.

Una mujer mayor que camina arrastrando las zapatillas deportivas me sirve un café riquísimo. Al rato vuelve a atender las demandas de mis vecinos de mesa. Por el camino tropieza con un traicionero escalón y se cae cuan larga es. Su mano, con dos cuchillos agarrados, queda muy cerca de mi pierna. Todos nos levantamos a socorrerla, una mala caída a esa edad puede traer alguna lesión grave. Después de un momento de aturdimiento, se levanta animosa. No pasa nada, asegura, se me enganchó el pie y ya está. Le ayudamos a recoger los cristales del vaso que portaba en la otra mano y seguimos a lo nuestro mirándola de reojo. Ya no estamos muy acostumbrados a ver a personas de edad en según qué trabajos.

Al irme, le pregunto cómo está y se quita la mascarilla en un gesto inconsciente. Veo su rostro. Quizás no es tan mayor como me parecía.

Pienso mucho en la vejez, no en la mía, que aún cerca, parece una entelequia. Puedo morirme antes. Como dijo Mila Ximénez cuando ya estaba cansada de los vanos tratamientos para curar su enfermedad, los setenta es una edad elegante para morir.

Pero, ¿cuándo eres viejo? No si tienes 82 años y vas a dar un paseo al espacio, como la señora que se subió al cohete de Jeff Bezos. Tampoco mientras sientes la libido. Decía Goytisolo que una vez que la perdió comprobó que ya no tenía nada que decir y dejó de escribir. Mis padres se pelean como cuarentañeros en sus crisis, y luego se besan como adolescentes en la puerta de un instituto, así que ellos tampoco son viejos.

Mientras pienso, y a ratos vivo, voy cumpliendo años. No sé qué ha podido suceder, pero ya son 52. Miro atrás y me veo ahora y la única medida del tiempo me la dan las personas que amo, que me aman. Quizás debería decir que me amaron, que amé, pero el amor, de una manera o de otra, es siempre un presente continuo. Te puedes desprender de todo menos de los afectos. Y yo estoy llena de ellos.

Tal vez, después de todo, ya soy vieja. Si me muriese ahora, mi vida habría tenido sentido. El único posible.

Pero ya que sigo en el mundo, quiero seguir amando.

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