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Una vida de pueblo

En la aldea todo es silencio. Seguro que a veces es también soledad y dolor, como en el verso de Rosalía, pero no aquí, no ahora. El de la noche sólo se rompe con el canto de un gallo, con el crepitar extemporáneo de una brasa que explota en el hogar. Abandono la cama, las sábanas de franela, las mantas de lana y abro la ventana. Me saludan los campos blanquecinos, el peral desnudo, la sierra en lo alto, una brisa de enero, un latido de pasado. ¿El frío es de ahora o de antes? Mamá está en la ducha. De la puerta del baño, entreabierta, sale un halo de vaho. Me ha dejado la mesa puesta, la leche en la taza, las magdalenas en un plato, el café preparado en la cafetera italiana. La lumbre encendida. Un torgo retorcido se quema con mucha llama.

Enseguida baja con el pelo mojado envuelto en una toalla. Me abraza. Me dice que hay pan de centeno, que hay pan de trigo, que puede hacerme unas tostadas al fuego. Me cuenta que cogió las raíces de los brezos en su paseo por los caminos del pueblo, que nada arde como ellos, que cuando era niña iban a la sierra a buscarlos los hombres del pueblo. Arrancaban con azadas los tocones para pasar el invierno. Se los llevaban por cortesía a la casa de los maestros. Me dice que últimamente los prados vuelven a estar limpios, que han llegado jóvenes que han decidido ser ganaderos, que quizás ahora la vida es más fácil para ellos, que si abrimos la puerta podemos oír los cencerros.

Ayer la despertó un golpeteo, un triquitraque insistente, salió y vio una urraca intentando hacer un hueco en la ventana de la otra casa, la abandonada. Su pareja la esperaba revoloteando no demasiado lejos. Acaba de leer

que se emparejan toda la vida, que juntos hacen los nidos en invierno, que dice Antonio Sandoval que son los únicos pájaros que se reconocen en el espejo, que a ella nunca le gustaron porque cuando era niña vio como se llevaban a una gallina.

Conversamos como un niño lanza piedras a un río. En el agua de nuestras palabras también se forman estrellas. Eso creo que lo leí en aquel poemario, Una vida de pueblo. Nosotras también hacemos lo que hace el héroe de Gluck.

Abrimos la ventana y tenemos nuestra reunión con la tierra.

Una vida de pueblo
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