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Sigo viva, doblemente

Llevo dos vidas, quizás alguna más porque muchas mujeres habitan en mí, pero al menos en lo laboral hay dos vertientes muy marcadas.

Una es más pública, de modo insignificante, claro, pero abierta, mostrada. Más que un trabajo es una extensión de mí. Parafraseando a Flaubert con Madame Bovary diría que Cronopios soy yo, aunque no es mía. No necesitamos poseer aquello que amamos, mucho menos lo que somos. Es mucho mejor que nos amen.

La otra es poco estética, fea, roma, práctica, sin brillo. El Partenon no se ha construido con ladrillos. 
La Divina Comedia tampoco. La escondo igual que escondo mi espalda algo encorvada bajo la melena.

Amo los edificios de palabras, pero todos habitamos en los otros. Los compramos, los alquilamos, los vendemos, los ansiamos, los buscamos, los reformamos, los detestamos.

De mi doble vida me gusta la perspectiva, la posibilidad de ver al ser humano girando delante de mí.
En una sólo veo nuestra mejor versión. Los lectores, cuando están ejerciendo, son casi siempre una luna llena, luminosa, que no muestra los cráteres, las zonas oscuras. Los libros están en la parte lúdica, en la que nos engrandece, nos ensancha.

Una librería se podría parecer mucho a una Arcadia. Un mundo feliz, pacífico, sencillo, sosegado. Quizás por eso lo tenemos tan difícil para sobrevivir.

En la otra vida paseo a diario por lo peor de nosotros mismos, por nuestra cara B. Convivo con la frustración, el conflicto, la cerrazón, la cicatería, la sospecha, la chulería, la avaricia, la intransigencia, la fragilidad de la palabra, la ausencia de compromiso.
En las dos vidas observo, miro, aprendo e intento comprender que somos cerebro y somos alma y somos corazón, pero también somos intestinos.

Es un buen aprendizaje, un máster en humanidad, un doctorado en podredumbre.

Esta semana las tripas explotaron con la escayola de un falso techo. Una montaña de mugre, de inmundicia, de excreción me cayó encima. Mis compañeros, simples trabajadores, fueron sepultados por deyecciones de odio, por toneladas de patrañas, por la necesidad de encontrar un culpable. Alguien a quien lanzarle los dardos. Quizás no se solucionan los problemas pero ver pasar un cadáver siempre te hace sentir un poco más vivo.

Pero no morimos mientras haya personas capaces de la compasión, de la duda, del matiz, de la observación. Y de la empatía, eso que algunos exigen a gritos, como si no supieran que eso es algo que va en dos direcciones.

Sigo viva porque muchas, muchas, muchas manos se pusieron a retirar escombros de injusticia a mi alrededor.

Sigo viva porque en una vida y en la otra estoy rodeada de amor.

Sigo viva, doblemente
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