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Negación, resignación y olvido

Mi padre me dijo hace unas semanas, susurrando para que no se enterase mi madre, que él prefería que siguiera la pandemia antes de que volviéramos a una era preinternet. Yo me reí, pero también bajé la voz para decirle que estaba de acuerdo con él. Menos mal que no nos oyó mamá, que es de esas personas que la única conexión que necesitan es la que tienen con la naturaleza, incluidos algunos seres vivos de apariencia homínida. 

Por suerte, no tendremos que escoger y la epidemia se irá siguiendo la estela de todas las anteriores y pasando las mismas etapas, negación, resignación y olvido. No sé ustedes, pero yo estoy deseando que llegue la última, la segunda se me está haciendo demasiado larga, como los años de adolescencia que me pasé intentando olvidar el abandono de mi primer novio. 

La pandemia es como una ruptura y cuando aceptamos que lo peor ya pasó, inevitablemente seguimos adelante sin mirar atrás

Según esa clasificación de tiempos que, dicen, ha caracterizado a todas las plagas de la historia, la pandemia es como una ruptura y cuando por fin aceptamos que lo peor ya pasó, inevitablemente seguimos adelante sin mirar atrás. Sobre todo porque poco podemos hacer para evitar caer de nuevo en otra epizootia o en otro enamoramiento, por mucho que nos estén advirtiendo los agoreros. 
Perdonen el palabro, pero con Google a mano es difícil no sucumbir a la tentación de ser redicha. Los cultos de verdad no necesitan la Wikipedia, pero los incultos con carné precisamos de armas tecnológicas de saber masivo. 

Para olvidar definitivamente quizás debemos recuperar las cosas que hemos perdido en el fuego de la infección. Yo tengo mis favoritas, las servilletas en las mesas de los bares, las pelotas en los recreos de los colegios, la coherencia, los besos callejeros, el sentido común, las ganas de vivir a pesar de la muerte, la sanidad, porque sin presencialidad no hay sanidad, el señor de la autopista que me pasaba la tarjeta y me regalaba caramelos, las mañanas sin hipocondría, la desigualdad, que ya era un asco, pero no un asco tan grande, la vida cuando no la guiaban los jinetes del apocalipsis avisando del fin del mundo, el valor de la enseñanza en un aula, las personas que atienden al ciudadano en su puesto de trabajo, el pequeño local de los años treinta donde me tomaba siempre el café, las sonrisas sin disimulo, los antros, el olor a sudor de los conciertos de rock, las comidas familiares, los viajes a ciudades atestadas, un paseo sin mascarilla sin temer a la Policía, un día sin escuchar a los gurús del miedo. 

Quizás no sea tan malo volver a ser quiénes éramos y empezar a olvidar.

Negación, resignación y olvido
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