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Mirar al abismo

Dice Manuel Vilas en Ordesa que si elegimos no caernos de tristeza en la calle es por elegancia, por cortesía, por ternura o por amor a los otros. Si yo no me pongo melancólica en mis columnas es por amor a mi padre, que me corrige admonitorio cuando aprecia que me deslizo por ese tobogán de escepticismo con el que me gusta jugar a veces, creyendo siempre que puedo salir airosa y caer siempre de pie. Al fin y al cabo, hay algo de impostura en ello, mis genes pujan por el optimismo y yo me aprovecho de ellos para mirar a unas sombras que siempre son más estéticas que reales. El mundo del positivismo está tomado por la simpleza y la vulgaridad y una prefiere la nostalgia si con ello es capaz de conseguir su dosis de belleza. Y ya se sabe, la belleza es efímera, es instante, está sucediendo y está acabando.

Quizás mi padre sepa sin necesidad de leer a Nietzsche que cuando te asomas fijamente a un abismo, el abismo te mira a ti. Me dice siempre que el pesimismo es contagioso y que por eso no se puede mostrar, ni recalar mucho tiempo en él. Como mucho, una paradita para tomar una dosis de desahogo y a seguir navegando.

La teoría de mi padre, la de la llamada al lado oscuro, es similar a la del efecto Werther. Después de la literaria muerte del joven personaje, que acabó con sus cuitas y con su amor con un disparo a la medianoche, una ola de suicidios de jóvenes recorrió Europa. En algunos países prohibieron la obra de Goethe, de la misma manera que ahora "se prohíbe" hablar de suicidio y de cuando en cuando en los periódicos la gente se cae de los pisos y de los puentes o tropieza con las vías del tren y nadie sabe cómo ni por qué. Lo que no se nombra no existe.

Al margen del silencio están las estadísticas. En 2018 3.539 p e r s o n a s consiguieron acabar con su paso por este mundo. Supongo que otros tantos lo intentaron, no sé si con suerte o sin suerte porque vivir o morir es cosa de cada uno, pero cuando la voluntad de desaparecer sucede tan a menudo quizás también es un asunto social. No hay tantas muertes por accidentes de tráfico y bien que intentamos evitarlas.

Para una individua como yo con más vida bullendo en su cuerpo de la que es capaz de organizar, el hecho de que a alguien le sobre tiempo le provoca mucha curiosidad, hasta inquietud, pero sobre todo ganas de saber, ganas de comprender, ganas de mirar y también de extender una mano.

Aceptar que si miramos a la tristeza profunda nos contaminaremos de ella es dejar a los que sufren a su suerte, como si el dolor fuera una mancha a la que solo algunos están condenados.

Rompamos tabúes.

Mirar al abismo
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