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La improbable épica de la enfermedad

Tal vez no haya épica en la enfermedad, ni en la manera de combatirla con empeño, con voluntad, con pensamiento positivo o dieta sana. A veces no llega con querer vivir para estar vivo

Llueve. Es normal que llueva, pero no me canso de decir eso, llueve. La música tiene su propia música, no permite el silencio, no admite el vacío, es una sinfonía lenta o arrebatada, casi siempre oscura. 

Me gusta la lluvia. También la palabra lluvia y cómo se arrugan los labios para pronunciarla, algo enfurruñados. 

La lluvia es perfecta como banda sonora de todas las novelas tristes. Llueve y leo ‘Cuaderno de Urgencias’, una historia sobre el duelo, otra más, pero una muerte jamás sustituye a otra. 

No sé cuándo leí la primera novela sobre la pérdida, quizás cuando leí ‘El año del pensamiento mágico’. En mi libro aún está la etiqueta de ‘Follas Novas.’ Recuerdo la impresión que me causó leerlo. Ahora Joan Didion también esta muerta y yo leo a Tereixa Constela. 

El resumen es fácil. Mientras ella se está recuperando de la última sesión de quimioterapia, a su compañero de vida le diagnostican un cáncer de pancreas. 

Aquella otra Navidad, Joan Didion volvía del hospital donde su hija estaba ingresada en la Uci aquejada por una extraña neumonía.

Ella revolvía una ensalada para la cena cuando su marido se desplomó sobre la mesa. 

Siempre he querido usar esa palabra, aquejada, como si fuera un gacetillero al que le hubiera tocado escribir la página de obituarios de su pueblo. Una para colgar en la puerta del bar.

Más allá de mis vicios, a veces la vida se vuelve una serie de catastróficas desdichas y algunos nos gusta leerlas desde lejos, más aquí de la línea de ese trópico que tenemos la suerte de no haber cruzado. 

Además de la desaparición del ser que amas está ese largo camino de piedras que es la enfermedad. Muchos enfermos de cáncer rechazan el concepto de lucha para definir lo que hacen en su camino hacia la supervivencia o hacia la muerte. Creen que, si finalmente el destino es lo segundo, esa palabra les culpabiliza, les señala como fracasados. Como si no fuera suficiente con ser un condenado. A Constenla le vale. Su pareja luchó más allá de sus posibilidades y le arrancó muchos meses de vida a su pronóstico fatal. Merece la pena abrir los ojos un día más y encontrarte con la mirada de tu hija. Merece la pena un instante de belleza. O uno de amor. ¿Acaso no son lo mismo?

Tal vez no haya épica en la enfermedad, ni manera de combatirla con empeño, con voluntad, con pensamiento positivo o dieta sana. A veces no llega con querer vivir para estar vivo.

Quizás lo verdaderamente épico es aceptar el final y encontrarle un sentido. 

No sé, en estas cuestiones y en tantas otras, no tengo principios. 
 

La improbable épica de la enfermedad
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