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Heredar la calma

Al cruzar una vía el vehículo se quedó calado sobre los raíles. A lo lejos se veía la luz del tren. El coche no arrancaba. Se miraron. Bueno, dijo papá. Bueno, dijo el abuelo...

Todas las familias tienen su anécdota fundacional, una que las define. En las aristocráticas viene de siglos atrás, en las burguesas de varias generaciones, en las obreras o campesinas solo podemos mirar un poco atrás. Más allá de los abuelos solo hay vacío, quizás un nombre o dos que fueron perdiendoxxxxxxxx su historia por el camino. Si algún día hubo una alianza, unos dientes de oro o una mantilla de encaje, acabaron con los huesos de sus dueños en su tumba, a menudo bajo una piedra sin nombre en el atrio de una iglesia.

De todos esos objetos posibles me hubiera gustado guardar la gorra de mi bisabuelo Peligro. Mi padre recuerda de él sus ojos grises, que se casó dos veces con dos hermanas, que tenía fama de astuto —de ahí la deformación de su nombre— y que en los días de verano le daba agua del río que le ofrecía con la visera convertida en recipiente. Mi mente construye la imagen como si la hubiera vivido, la memoria de papá dibujada en la mía como parte de mi herencia.

Una vez fuimos juntos a buscar ese escenario. Ya no había eras y el regato era solo un murmullo al fondo de las brañas. En la aldea solo quedaba una casa en pie con su único vecino como custodio de las ruinas de un pasado ruinoso. Y lo digo así, usando conscientemente la sonoridad de la redundancia. En aquel espacio, ahora sin tejado, con la piedra devorada por una vegetación digna del trópico y no de Ourense, había nacido papá.

De aquel lugar no recordaba nada excepto un abuelo apuesto y de ojos claros saciando su sed. Tenía cinco años cuando se subió a un barco donde le esperaba un mes de travesía agarrado a las faldas de su madre y pidiendo "patacas". El Atlántico era un océano para perder el hambre y perder la lengua.

Unos años después, cuando apenas era un adolescente conducía una camioneta destartalada en algún lugar del Gran Buenos Aires con su padre al lado. Al cruzar una vía el vehículo se quedó calado sobre los raíles. A lo lejos se veía la luz del tren. El coche no arrancaba. Se miraron.
Bueno, dijo papá.
Bueno, dijo el abuelo.
Bueno, digo yo cada vez que algo parece arrollarme y mantengo la calma.
Quizás por mis venas siga corriendo agua de aquel sombrero.

Heredar la calma
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