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El destino y otras incertidumbres

Mi amigo L. está con otros miles de compañeros detrás de los números que avisan de un Ere en un banco. Por ahora son los números y luego vendrán los nombres y mientras tanto la incertidumbre de no conocer en qué casilla caerá el suyo. No es agradable no saber qué será de ti mañana, pero a la empresa no parece importarle mucho ese limbo de inquietud en el que viven sus hasta ahora fieles empleados, incapaces de ver los corazones que laten detrás de esas cifras tan exactas con las que numeran los despidos.

Por su edad es fácil suponer que sí, que le tocará recoger los muchos años de experiencia y marcharse con la cantidad que los sindicatos y la entidad acuerden y con la sensación de que la vida pasa demasiado rápido y a menudo deja demasiados espacios en blanco.

Me lo imagino en la puerta del que fue su último lugar de trabajo con una caja de cartón bajo el brazo. Dentro, un cactus que haya cogido en algún desierto de esos que tanto le gustan, una foto de su hija del año en que se le cayeron de golpe varios dientes de leche, un canto rodado de una playa en la que jugaba de niño algunos domingos de verano, un pedazo de tela del vestido que llevaba su madre el día que cayó por las escaleras y murió, la carta manuscrita de una amante, la única que tuvo y dejó pasar porque la vida es más cómoda sin demasiados cambios y total para qué, si el amor es sólo un verso de cualquier poeta muerto y una palabra borrosa en la tercera línea de ese papel ya amarillento que guardó celosamente en los cajones de sus sucesivos destinos.

Quizás mire hacia la fachada del edificio poderoso y recortado contra el cielo siempre voluble de su ciudad y se diga a sí mismo, esto es todo, amigos. E inmediatamente después recordará un poema de Brines que oyó recitar en la tele el día de su muerte y pensará que los poetas sólo salen en la tele el día que mueren y los trabajadores cuando los echan.

Es la hora de las cosas, pero qué cosas, se preguntará caminando despacio bajo el ruido de las gaviotas.

Tal vez buscar el sabor perdido de los tomates o recuperar el viejo y absurdo sueño de conducir un camión en México llevando hacia el norte fresas del sur, atravesando en camiseta de sisas carreteras vigiladas por el narco. O quedarse aquí y ser cartero de pueblo para escuchar a la gente contar sus cosas.

Quizás ese es el único destino de todos. Recolectar historias.

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