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Callarse

Es sábado, el verano se acaba, un sol de septiembre brilla sobre unas nubes blancas que se arrugan en el cielo como los frunces de un vestido de novia y yo soy una señora de provincias ensimismada. Debo confesarles que hoy, ahora mismo, tengo la cabeza como un cuadro de Pollock, uno de esos de infinitas líneas cruzándose, no tienes ni idea de lo que significa, pero no puedes dejar de mirarlo.

Dudo si hablar de Venecia o de Ferrol, ciudades que podría hermanar en un mismo artículo del mismo modo que me gusta mezclar el chocolate con el salchichón. A algunos le han dado premios literarios y estrellas Michelin por atrevimientos menos sofisticados, pero no es el día hoy para visitar ciudades malditas cuando me cuesta salir de mi propia confusión.

También podría hablar de la vuelta al cole o de la vuelta al congreso, al fin y al cabo, se parecen bastante, pero me pasa como a mi tormentito que, cuando le pregunto qué tal el instituto me dice, ya es bastante cansado vivirlo como para contarlo.

Yo no la contradigo, porque los relatos han de salir en el momento adecuado y porque en las familias y en la vida hay que saber dejar fluir los espacios en blanco.

También podría hablar de las personas silenciosas, esas que en las reuniones apenas abren la boca, apenas lo hacen lo justo para no ser descorteses.

En este mundo donde todos tenemos algo que decir a todas horas, los que callan son seres misteriosos, casi mitológicos. A menudo tendemos a imaginar que esconden grandes secretos, vidas interiores fastuosas como castillos de las mil y una noches, puertas fantásticas que se abren a realidades mucho más interesantes que las que dominan la conversación en la que estamos los demás.

Quizás, como dice mi amiga Lucy, los que callan no esconden ninguna épica y lo hacen simplemente porque no tienen nada que decir.

Está claro que hoy debería callarme, llamar al periódico y confesar que incluso a la más charlatana a veces le cuesta juntar palabras.

Un silencio a tiempo nos salva del ridículo.

Lástima que a veces sea demasiado tarde.

Callarse
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