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Patrimonio

RECUERDO QUE la primera vez que presenté mi declaración de bienes en el Congreso —allá por enero de 2016— compartí mesa con otra diputada electa que, muerta de risa, aseguraba no tener nada porque nunca en su vida había trabajado. Allí estaba, tan feliz, supongo que sin dar crédito a su buena suerte: iba a pasar de no ganar un céntimo a recibir casi tres mil euros al mes de dinero público. Tres años y medio más tarde, y al borde de dar comienzo a una nueva legislatura, la gran sensación de los comienzos la ha causado mi compañero Marcos de Quinto, cuyo patrimonio comprende más de cincuenta millones de euros entre dinero y propiedades. Teniendo en cuenta que cuando dio el salto a una lista electoral De Quinto llevaba treinta y tantos años trabajando en alta dirección, -y que llegó a ser vicepresidente mundial de Coca Cola, tampoco me parece que cincuenta millones sean como para rasgarse las vestiduras. Cuando se tienen puestos de esa responsabilidad, cuando se alcanza el verdadero éxito profesional, lo lógico es ganar mucho dinero.

A mí, qué quieren que les diga, me tranquiliza que gente como Marcos de Quinto se dedique a la política: está claro que no vienen a hacer dinero. Lo triste es que desconfiemos del que llega al Congreso con la vida resuelta, y sin embargo nos parezca maravilloso que aterrice en el escaño quien no ha cotizado un euro a la seguridad social. Se demuestra ternura hacia el que no sabe hacer la o con un canuto, ante el inexperto, ante el de la cuenta corriente monda y lironda a los cuarenta años, y se reserva la suspicacia para el que tiene el futuro solucionado gracias a su trabajo anterior. La respuesta, como casi siempre, está en el pecado capital de la envidia: quienes fingen escandalizarse por el patrimonio de Marcos de Quinto se cambiarían por él antes que por una majadera que con veintitantos años reconocía sin sonrojarse no haber dado un palo al agua en su vida. Eso sí que es una vergüenza, y no ser rico.

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