Miércoles. 26.09.2018 |
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O Cebreiro

ACABO DE regresar de un día en O Cebreiro. Todos los pronósticos anunciaban una nevada en condiciones, así que allí nos fuimos, mi padre, mi hermana, mi cuñado y los niños, en un todoterreno listo para desafiar el hielo y el frío. Nos encontramos con un paisaje de cuento: los pies se hundían en más de un cuarto de metro de nieve, los tejados de las pallozas desdibujados bajo una enorme capa de blanco, la iglesia de Santa María estaba adornada con cientos de carámbanos, y la hostería de san Giraldo de Aurillac conservaba la solemnidad de siempre. Paseamos un buen rato y luego comimos muy bien y a un precio prudente en un mesón agradable y bien aislado de las bajas temperaturas del exterior. El pueblo es precioso, con las casa de piedra gallega perfectamente cuidadas, las señalizaciones del camino bien colocadas, los letreros pintados primorosamente… hasta las papeleras eran bonitas e invitaban a obrar en consecuencia. Vimos llegar a peregrinos a pie y en bicicleta, cansados y ateridos, pero seguros de que iban a poder comer un plato de caldo caliente, y a muchos niños que se deslizaban en los trineos que vendían por doce euros en una tienda cercana. Había grupos de amigos tomando café con gotas y porciones de tarta de almendra. El ambiente era alegre y festivo a pesar del frío y la ventisca: quienes habían subido a la cumbre encontraban no sólo un paisaje inigualable, sino una aldea tratada por mimo por quienes viven en ella. En cuanto a servicios y belleza, O Cebreiro nada tiene que envidiar a cualquier pueblecito de los alpes. Por desgracia, es también una rareza en Galicia, donde hemos cuidado mal nuestro entorno y desafiado las ventajas naturales con una construcción descuidada: ay, esos tejados de uralita, esas casas con ladrillo al aire, esos galpones abandonados, esos cierres hechos con el somier viejo o las persianas sobrantes… Volver de O Cebreiro es reconciliarse con otra forma de hacer las cosas, de recordar que si se quiere se puede.

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