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Motivos para llorar

El lunes, el país entero me vio llorar. Me convertí en un recurso televisivo para ilustrar la despedida de Albert Rivera, y aparecí bañada en lágrimas en todos los programas y en todas las fotos. Mentiría si dijese que me preocupó demostrar mi absoluta desolación. Estaba derrumbada y no pensaba hacer nada por disimularlo, así que me entregué a mi tristeza. Tras el desastre electoral del domingo, llegaba la hora más amarga de Ciudadanos, la de la dimisión del único presidente que ha tenido.

Con ella se cerraba una etapa en mi vida y creo que también en la realidad española. Fue Albert quien me convenció para entrar en política: "Te pido que dediques los próximos años de a trabajar por tu país", me dijo, cerrándome así el camino a cualquier negativa. Junto a él he trabajado durante los últimos cuatro años. Hemos hablado mucho, vivido mucho, peleado mucho. He perdido la cuenta de los viajes, de los vuelos tomados de madrugada, de los bares de carretera y los cafés en las estaciones de tren. De las confidencias. De los consejos.

El día en que iba a pronunciar mi primer discurso ante el pleno del Congreso, Albert me dijo que le llamase si necesitaba practicar. Cuando me casé, hizo ochocientos kilómetros en coche para estar a mi lado. Hemos pasado muchos momentos buenos y alguno malo. En el peor de todos, la noche del pasado domingo, aún tuvo fuerza para darme un abrazo eterno y pedirme ánimo. Por eso, en la hora de su adiós, yo no podía hacer otra cosa que llorar. Lloraba por Albert, porque sé perfectamente lo que para él significa dejar la política. Lloraba por mí, que me quedo sin un jefe, un compañero y un amigo. Y lloraba por España, que ha perdido al mejor político de esta generación, a un gran parlamentario, a un hombre íntegro, a un patriota. A un chico honrado que, en el país de la picaresca, deja la política con 4.500 euros en la cuenta corriente. Piénsenlo durante unos segundos, y díganme ustedes si no tengo muchos motivos para llorar.

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