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Lazos

HAY ALGUNOS que pretenden que Cataluña se acostumbre a pertenecer solamente a unos pocos. Hay algunos, demasiados, que se creen con derecho a llenar el espacio público de lazos amarillos: las barandillas de un puente, los bancos de un parque, las rejas de una iglesia. Son los mismos que bombardean con pintura las sedes de los partidos constitucionalistas o los que siembran las playas catalanas de tenebrosas cruces color canario en la más pavorosa campaña de expulsión de los turistas que se ha concebido nunca: ¿alguien en sus cabales, me pregunto yo, quiere pasar las vacaciones en una especie de cementerio amarillo pollito? El disparate de los lazos llegó ayer a los bancos del gobierno en el Parlament de Cataluña: Elsa Atardi, la que pudo haber sido y no fue, llegó con la chulería de matón de barrio de la que hacen gala los herederos de la banda del 3%, y colocó un lazo amarillo en el lugar reservado para los miembros del Govern. Y en ese momento, sin encomendarse a Dios ni al diablo, en un gesto espontáneo y perfectamente natural, mi compañero Carlos Carrizosa lo arrancó de un manotazo con la mirada firme del que piensa “hasta aquí hemos llegado”. Hemos visto los símbolos ominosos en espacios públicos, en solapas particulares, en los arenales de la costa brava y en los árboles del paseo de Gracia, pero no van a estar también en un asiento reservado a todos los catalanes. Carrizosa quitó el lazo y se armó el Belén: Torrent, el presidente de la cámara que sirve sólo a parte de ella, llegó a suspender el pleno, pero el lazo de marras no volvió a su sitio. Tengo ante mí la foto de Carrizosa, de Carri, sacando el lazo amarillo del lugar de todos, del asiento de los representantes del pueblo catalán, más de la mitad de los cuales abominan de lo que significa ese lacito, y veo en sus ojos la determinación de los justos, la dignidad de los valientes, la firmeza de los buenos. Esta vez no se consumó la infamia. Muchas fuerza a todos. Ganaremos. 

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