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Lágrimas de Colau

El otro día nos conmovimos viendo llorar a Ada Colau tras ser víctima de un vergonzoso escrache. Es curioso, la gran promotora de acosos de ese jaez, descubriendo que doscientas personas aullando insultos hacen que el interesado se sienta desprotegido y vulnerable, tanto que al recordarlo hasta estalla en lágrimas. Colau lloraba porque decía que se acordaba de sus hijos… No sé, pero apuesto cualquier cosa que muchos a los que escrachaban los colegas de Colau también eran madres y eran padres. Desde que entré en política he pasado por dos experiencias escrachadoras (bueno, quizá tres, pero lo de Alsasua no era un escrache: era una horda de salvajes deseando lincharnos). Una fue en Barcelona. La otra, al salir del Congreso de los Diputados tras la investidura de Rajoy, donde una muchedumbre nos increpó a mí y a mis compañeras llamándonos zorras mientras nos tiraban monedas y latas de cerveza. Ni Colau ni nadie de los suyos condenó el montaje. Ni Colau, ni nadie de los suyos nos puso un mensaje personal de aliento. Yo, sin embargo, reniego de cada improperio que escuchó el otro día Ada Colau. Lo digo de corazón. Nadie merece ser vituperado ni amenazado, menos aun cuando los insultos se profieren bajo el cobarde amparo de la multitud. Y tener delante a una masa enloquecida que aúlla ofensas y amenazas es una experiencia terrible por la que no merece pasar ninguna persona. Lamento de verdad que Ada Colau haya tenido que hacerlo. Y cuando la alcaldesa se seque las lágrimas y pueda ver las cosas con un poco de perspectiva, espero que dedique unos minutos de su valioso tiempo a reflexionar sobre lo que significa un escrache, pero no para la alegre muchachada que lo organiza ("un escrache es una fiesta", me dijo una vez un compañero de Colau), sino para el ciudadano que lo sufre en sus carnes, y que mientras escucha barbaridades quizá también piensa en sus hijos, y a lo mejor, cuando llega a su casa, también se echa a llorar de rabia y de vergüenza.

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