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La desaparición de Natalia

La mallorquina Natalia Sánchez Uribe desapareció en París el día 1 de mayo, y fue hallada ocho días después en un hospital psiquiátrico de la capital francesa, desorientada, pero en perfecto estado de salud. Llevaba seis días ingresada allí, mientras los suyos empezaban a temerse lo peor. Desconcierta un poco el que nadie cayese en la cuenta de que la enferma misteriosa que yacía en la cama de un hospital sin documentación alguna podía ser la joven española cuyo rastro se había perdido casi una semana antes en un piso vacío. Al parecer, la policía francesa no empezó a investigar el caso hasta seis días después de la desaparición de Natalia, y mal se puede encontrar a quien no se busca. La familia de Natalia pasó ocho días infernales cuando su angustia hubiese podido solventarse en 48 horas. Disculpen ustedes que no sea muy ducha en protocolos policiales del país galo, pero llama la atención que se denuncie la desaparición de una extranjera de veinte años y se tarde casi una semana en empezar a buscarla en serio. Y no puedo por menos que imaginar qué estaríamos diciendo aquí si unos padres franceses hubiesen pasado una semana buscando a su hija mientras esta estaba pacíficamente ingresada en un hospital. Dicen que la prensa francesa apenas habló del caso de Natalia Sánchez, ni su nombre ocupó un lugar en las noticias, ni en las conversaciones de bar, ni en los rumores callejeros. Es, supongo, la respetuosa discreción francesa. Si en España desaparece sin dejar rastro una joven universitaria extranjera, tengan por seguro que su foto saldría en las portadas, generaría titulares y el caso tendría sección propia en los informativos y en las tertulias de todas las teles. Conoceríamos su rostro, habríamos especulado con su paradero y estaríamos pendientes del final de la historia. Y les voy a decir algo: seremos muy cotillas y muy morbosos, pero la chica habría aparecido mucho antes y el calvario de su familia hubiera durado muchísimo menos.

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