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Esas mujeres

EN ESTOS días de verano faltos de noticias, los medios saltaron golosos sobre la historia del indigente a quien, a cambio de cien euros, unos desalmados tatuaron la frente con el nombre de uno de ellos. Tan contentos estaban con su ocurrencia que retrataron al desdichado, mientras se consumaba la canallada.

Y ahí está, para la vergüenza, la foto del sin techo, luciendo una sonrisa trémula y una mirada infinitamente triste, mientras alguien marca su rostro para solaz de un puñado de gañanes que convirtieron semejante ignominia en el número bomba de una despedida de soltero. Así que la pachanga acabó en boda. A saber con quién se habrá casado el miserable que encontró divertido marcar con su nombre la piel de un pobre tipo para el que cien euros son una fortuna; a saber si esa mujer es consciente de la clase de persona que es su marido y las cosas que encuentra divertidas en una noche de parranda. Quizá es una buena persona y su esposo haya preferido ocultarle esa historia. O quizá es como él, y se habrá reído al conocer el episodio. Siempre me pregunto cómo son las mujeres que se enamoran de un tipo detestable, y ya no hablo de un imbécil sin principios que encuentra regocijo en burlarse de un indigente. Hace un par de semanas, un individuo condenado por violación y asesinato se escapó de la prisión en que cumplía su castigo. Su novia le ayudó en la huida.

Era una mujer que le había conocido cuando ya estaba en la cárcel, y se había enamorado de él. De un individuo culpable de violar a dos mujeres y matar a una de ellas. Se enamoró y decidió acompañarle en una fuga de película. No entiendo como es posible olvidar que el hombre con quien duermes abusó de dos mujeres y apuñaló salvajemente a una de ellas. No sé qué ejercicio hay que hacer para perdonar un crimen así hasta el punto de uncir tu destino al de un criminal de esa índole. Y quiero sentir simpatía por esa chica, pero sólo me despierta una compasión tibia que se parece al desprecio.

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