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El perdón

SE LLAMABA Gregorio Ordóñez y era una de esas personas a las que ETA no pide perdón, porque no pertenece a la categoría de “ajenas al conflicto”. Cuando le descerrajaron cinco tiros en el bar “La Cepa”, en pleno casco antiguo de Donosti (hubo parroquianos que ni siquiera levantaron la cabeza del txiquito y el pincho, no fueran a ver algo), Gregorio estaba a punto de ser el primer alcalde no nacionalista de San Sebastián, con todo lo que eso significaba. Por eso lo mataron: porque plantaba cara, porque no tenía miedo a nadie. Ni siquiera a eta, en los años de plomo, cuando Euskadi se parecía al infierno y los curillas vascos se negaban a oficiar funerales a las 12 del mediodía y había que celebrarlos a la hora de los Ladrones, con la oscuridad y el silencio. Eran los sicarios de Setién, hijos de un dios menor, adoradores del hacha y la serpiente. Sus herederos, que los tienen, se limpian con la sotana las lágrimas de cocodrilo y piden perdón sin sentirlo, sin contrición real, sin dolor, como el corifeo meapilas de la escoria etarra que pide disculpas con la boca chica a los muertos que nada tenían que ver con lo que ellos  llaman conflicto. Es decir, que los guardias civiles, los militares, los políticos o los periodistas están muertos y bien muertos. Cuando mataron a Ordóñez yo tenía 25 años. Me recuerdo a mí misma sentada en la cama, vestida con un pantalón barato de algodón gris, llorando amargamente por un hombre a quien no conocía pero que simbolizaba la rendija de la esperanza. Gregorio Ordóñez tenia un niño pequeño y una mujer joven, y nadie les pidió perdón. El último vomito de ETA tampoco va con ellos. Gregorio habría escupido en las excusas de los rescoldos etarras.

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