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Simonmanía

Fernando Simón fue el señor que hace tres meses dijo que aquí no había razón para preocuparse por el coronavirus: apenas llegaría a haber un puñado de contagios. Ahora, este mismo señor dice que en España llevamos muchos días sin muertos mientras los decesos se murmuran a nuestro alrededor: el padre de uno, el abuelito de otro, la madre de éste o de aquél, pero cuando alguien insinúa a Simón que su marcador de muertos parece averiado y que podríamos tener el doble de fallecidos de los que él dice, enarca las cejas despeinadas y dice que no sería sensato reconocer 43.000 muertos. Una, en su ignorancia, piensa que lo insensato es dar cifras maquilladas que ocultan cadáveres con nombre y apellido. Simón, con su pelo largo, su aspecto desaliñado, su barba de tres días y las apariciones en mangas de camisa, se ha convertido para algunos en un personaje entrañable, y a lo mejor por eso le jalean las barbaridades de los muertos perdidos y le perdonan que dijese que la peste no iba ni a rozarnos cuando empezaba a cocinarse el mayor drama colectivo desde el fin de la guerra civil.

Los que defienden a Fernando Simón hablan de su naturalidad, su cercanía y sus muchas horas de trabajo. Yo creía que a Simón no lo habían puesto ahí por amable y trabajador, sino porque dominaba la materia. Pero en todas estas semanas infaustas no ha dado la impresión de que domine nada: Simón se pasa la vida contestando «no sé» a preguntas importantes. Y ese reconocimiento de ignorancia que a mí me subleva es, sin embargo, munición para los Simon lovers, a los que la inopia de su héroe se les antoja una prueba adorable de sinceridad y bonhomía.

Acabarán dándole algún premio o reclamando para él más reconocimientos.

La Simonmanía es una prueba más de la estulticia de una sociedad adormecida que en vez de exigir líderes eficaces quiere cuarto y mitad de señores simpáticos que se atragantan con almendras y dan ruedas de prensa como recién levantados de la siesta.

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