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Simone y la tristeza

MI ABUELA Lolita, que superó un cáncer y una depresión severa, me dijo una vez que antes de volver a pasar por una depresión prefería enfrentase de nuevo al cáncer. Entonces no lo entendía, porque yo era muy joven y ningún horror me parecía más cruel que el de la quimioterapia y el tratamiento de radio, con sus náuseas perennes, su agotamiento y la pérdida de cabello. Pero luego conocí los estragos de la enfermedad de la tristeza, y entendí lo que quería decir mi abuela: que Dios me dé salud mental aunque me quite la otra. Porque, en efecto, al enfermo se le compadece y al depresivo se le desprecia. Porque todo el mundo intenta empatizar con quien sufre un tumor maligno (o un enfisema, o una angina de pecho), pero el que se deprime es un cuentista, un pelma, un cenizo. El dolor físico se entiende. El del alma es una incógnita. Recordé a mi abuela cuando Simone Biles se retiró de los Juegos de Tokio por incapacidad para superar la presión, y muchos que no lo entendieron habrían comprendido que diese un paso atrás por torcerse un tobillo. Simone se retira porque se ha lesionado el ánimo. Y lo mismo que me enervan los que critican su decisión, me molestan los que quieren considerar a la gimnasta una suerte de heroína, como si sufrir un ataque de ansiedad tuviese algún mérito. No es así. Biles es digna de compasión y simpatía, como lo es cualquier otro deportista que descubre que no está en condiciones de competir y prefiere reconocerlo y replegarse. Si queremos normalizar la enfermedad mental, hay que empezar por no sacralizar a quien la sufre, que es algo tan absurdo como despreciarlo. El deprimido, el alterado, el angustiado, no quiere admiración, quiere respeto. Simone Biles es, simplemente, una chica herida que ha tenido que renunciar al sueño olímpico. Les ha pasado a otros antes que a ella, así que limitémonos a desearle una pronta recuperación. Que es, por otra parte, lo que haríamos si Simone Biles se hubiese roto un brazo.

Simone y la tristeza
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