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Samuel

Piensa en el caso del joven asesinado a golpes en A Coruña desde la perspectiva del dolor que deben estar pasando sus padres
UNA AMIGA que había perdido un hijo en un accidente de tráfico me confesó que una de las cosas que azuzaban su dolor constante era la vista de su cama por las mañanas, hecha y lisa, sin sábanas arrugadas, almohada chafada ni colcha revuelta: aquella cama era el recordatorio de la ausencia del hijo que se había ido. Perder a un hijo es la mayor tragedia por la que puede pasar un ser humano. No hay dolor que se parezca: quedarse sin un hijo es tan terrible que la situación ni siquiera tiene nombre: quien pierde a su padre es huérfano, quien pierde a un cónyuge es viudo, pero nadie ha encontrado una forma de denominar al padre o la madre a quien le falta un hijo. Hace unos días, los padres de Samuel perdieron a su niño a manos de una banda de desalmados que lo mataron a golpes. A estas horas algunos de los culpables ya están detenidos, así que hay muchas posibilidades de que el caso se esclarezca. Todo parece indicar que a Samuel lo mataron por ser homosexual, en una escena atroz propia de otro país o de otra época. Solo una persona acudió en su defensa, quizá porque el miedo a la turba era mayor que la intención de librar al débil de una golpiza. Estos días he pensado mucho en Samuel, pero sobre todo he pensado en sus padres. En que quizá a ellos no les importe mucho quienes son los agresores de su chiquillo, ni siquiera por qué lo golpearon con saña hasta matarlo. Quizá los padres de Samuel solo pueden pensar que su niño salió para pasar una noche de fiesta y ya no volvió más. Que el hijo al que criaron, al que dieron estudios y enseñaron a ser una buena persona tuvo la desdicha de cruzarse e n el camino de unas bestias y ahora está muerto. Y pienso en la madre de Samuel asomándose cada mañana a la habitación de su hijo y rompiéndose por dentro al ver la cama intacta. En este crimen espantoso, la sociedad sigue a la espera de todas las respuestas. Pero para la familia de Samuel tal vez ni siquiera quedan preguntas. Tal vez solo hay dolor, soledad y silencio.

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