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Nostalgia de la nieve

De niña, nada me gustaba tanto como una buena nevada. Hace cuarenta años nevaba con bastante más frecuencia que ahora, y hay en mi memoria muchos episodios de botas hundiéndose en la nieve, de muñecos con la nariz de zanahoria y los ojos hechos con dos botones, de manos enrojecidas por el frío y copos ligeros que intentaba atrapar con la boca. Ya en el instituto, recuerdo el júbilo con que recibíamos la noticia de la suspensión de las clases por la borrasca, porque lo que venía a continuación era una maravillosa ordalía en el parque de Rosalía de Castro entre veinte, treinta adolescentes, todos contra todos… ay, aquellas batallas de bolas, las mejillas coloreadas por el frío y el ejercicio, la risa clara, el corazón ligero… Pocas cosas se me antojan hoy más parecidas a la felicidad en estado puro que aquellos coqueteos a bolazo limpio, mientras los árboles se combaban por el peso de la nieve y nada podía preocuparnos: éramos jóvenes, no había clase, y la nieve lo llenaba todo de belleza. ¿Qué más podíamos desear?

Me doy este chapuzón de nostalgia mientras Madrid entero está colapsado por la nevada del siglo. La televisión habla de algo parecido al apocalipsis, de interminables caravanas de coches varados con sus pasajeros dentro, árboles tronchados y casas con tejados amenazando avalancha. La ciudad está bloqueada, y miramos con preocupación a un cielo gris del que no han dejado de caer copos en las últimas 24 horas. Desde mi balcón veo medio metro de nieve fresca, recién caída, tan blanca y tan prometedora como la de mis quince años. Y hoy, tanto tiempo después, daría muchas cosas por poder regresar por un momento a aquellas nevadas de la adolescencia, cuando nada importaba y las únicas batallas se libraban en un parque, entre risas y gritos, y de las que regresabas a casa con el alma limpia y los pies empapados, pensando que la vida era perfecta. Pensando que la nieve había sido creada con el único propósito de hacernos todavía más felices.

Nostalgia de la nieve