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En la muerte de Darío

LA MUERTE de Darío Xohan Cabana me cogió de improviso, como sucede siempre que alguien se va antes de tiempo. Ni siquiera sabía que estaba enfermo. Mi padre me dijo hace tiempo que se había jubilado, y me lo imaginaba al margen del mundo, leyendo y escribiendo, peleándose con la lengua de Oc y buscando las palabras exactas para traducir un verso. No recuerdo la primera vez que vi a Darío: era parte del paisaje de mi pasado, de los recuerdos de infancia y de adolescencia, con aquella barba de guerrero medieval, los ojos miopes tras las gafas con montura de alambre, y un aire de despiste que sólo mucho tiempo después entendí que era un privilegio de quienes son capaces de ver más allá de las cosas.

Entraba dentro del cupo de personas a las que admiraba en secreto, hombres y mujeres más inteligentes, más sensibles, más buenos. Gente a la que ansiaba parecerme en mi vida adulta. Se me viene a la cabeza una imagen, Darío en su cuartito del auditorio Gustavo Freire, con una taza de loza, un libro enorme, y la luz cálida de una lámpara de escritorio. Era la viva imagen del intelectual honesto, comprometido sólo con la sabiduría y el deseo de entender el mundo. Tal vez, también, de explicarlo a los demás. No sé cómo aprendió italiano hasta el punto de enfrentarse a la traducción de la Divina Comedia con tanto éxito que la muy noble ciudad de Florencia —poblada por fantasmas renacentistas que dudan sinceramente de la capacidad de los extranjeros para entender y apreciar su descomunal belleza— le concedió su medalla de oro en premio por el heroísmo de volcar al gallego las palabras de Dante.

Hace unos años intenté, sin conseguirlo, que le concediesen el Premio Nacional de Traducción. Nunca lamenté tanto mi fracaso en una empresa. Luego entendí que Darío Xohan Cabana no necesitaba ese premio, ni ningún otro. Tenía en su cabeza todas las palabras del mundo, y en su ánimo la gloria eterna de quien no necesita de los laureles. Descansa en paz, Darío.

En la muerte de Darío
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