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Los tristes

Hace años, yendo por la calle, un limpiabotas se ofreció a lustrar mis zapatos. Lo cierto es que me hacía buena falta: aquellos botines estaban llenos de salpicaduras, y habían perdido el brillo completamente. Por un momento acaricié la idea de ponerme en manos del bolero y permitir que dejase mis zapatos limpios como una patena y relucientes como espejos. Pero la idea de que aquel hombre —bastante mayor, por cierto— se arrodillase ante mis pies para, armis prejuicios. Así que balbuceé una excusa mientras me alejaba, con mis botas mugrientas y una confusa sensación de vergüenza, perseguida por la certeza de que si todo el mundo actuase como yo, aquel buen hombre se moriría de hambre.

Un tiempo después, mientras hacía un reportaje sobre la vida de una empleada de hogar, pregunté a una mujer que trabajaba en el servicio doméstico si le molestaba llevar uniforme. "¿Por qué iba a molestarme? Es mucho más cómodo, y así no estropeo mi ropa". Me di cuenta entonces de que no se me habría ocurrido hacer la misma pregunta a la sobrecargo de un avión o a una oficial del ejército, pero había dado por hecho que aquella mujer vivía rebajada por ponerse una bata de rayas y un delantal para hacer su tarea. Y me sentí tan torpe y tan estúpida como cuando prácticamente hui de un hombre que sólo quería hacer su trabajo limpiando mis zapatos sucios.

La dignidad de las cosas no está escrita, y no existen empleos mejores ni peores, sólo bien o mal hechos. Y no hay nada de malo en que una persona demuestre su pericia devolviendo el esplendor a unas botas llenas de barro, ni en ponerse una bata de casa para hacer las camas y sacudir las alfombras. Ojalá aprendiésemos a andar por el mundo despojados de determinadas formas de hipocresía, de absurdas ideas que sólo soportamos porque hemos aprendido a disfrazarlas de prueba de buena conciencia.

Los tristes
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