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Los que se cuelan

HACE UNOS días hablaba con dos responsables políticos (uno del PP, otro del PSOE) sobre la idoneidad de las prioridades de vacunación que había establecido el gobierno de España. Es bien cierto que pueden discutirse los criterios elegidos, pero una vez que están fijados no queda otra que respetarlos escrupulosamente. Sorprende e indigna que, prevaliéndose de un cargo político, alguien haya decidido saltarse la cola y llevarse el pinchazo antes que el médico o el viejito al que le tocaba el turno.

Uno se pregunta qué tiene que tener por dentro el que sabe que le está robando el pasaporte a la protección a alguien que —al menos oficialmente— lo necesita más. Posiblemente nada. Creen que nadie va a enterarse, que otros también lo hacen y estarán convencidos de que merecen mejor suerte que otros.

La cuestión es ¿qué hacemos con los que se cuelan? ¿Qué medidas tomamos con quienes, sabiendo que la vacuna que se ponen se la están quitando a un anciano en una residencia, o una enfermera en primera línea? Apartarlos del cargo que ocupan es la primera providencia —por cierto, el que roba una vacuna posiblemente habrá robado también otras cosas, así que algo se sale ganando con su expulsión de la cosa pública— pero luego surge la duda: ¿se les pone la segunda dosis y se completa el ciclo, o se les manda a casa dejando la operación a medias?

Si digo la verdad, el cuerpo me pide lo segundo: ridiculizado, dimitido, deshonrado y sin inmunidad, y dejando claro que si uno se pasa de listo no le va a servir de gran cosa. Pero no están los tiempos para tirar ni media vacuna. Así que lo justo y necesario es apartar a esos sujetos de toda responsabilidad oficial, sacudirles una multa de agárrate y no te menees (la patada al bolsillo es esencial), y luego darles el segundo picotazo con la esperanza de que hayan aprendido alguna lección, y pasen el resto de sus días perfectamente libres de covid y de toda posibilidad de reivindicación de la ética o la decencia.

Los que se cuelan
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