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Las camelias

LOS QUE tienen mi edad, y los de antes, recordarán que hace mucho tiempo al fondo de la Plaza de España había un camelio. No era grande ni frondoso: parecía más bien escuchimizado, de tronco delgaducho mínimo y copa mermada, víctima seguramente de las malas podas. Pero aquel árbol esquelético nos proporcionaba a los lucenses en los años setenta el primer indicio de la proximidad de la primavera: cada año, a finales de febrero, apuntaban entre sus ramas las primeras camelias (eran blancas o rosa pálido) que parecían señalar el fin inexorable del invierno.

Recuerdo la ilusión con la que miraba aquel camelio cuando paseaba por mis padres por la alameda, como si tras los días grises aquellas flores delicadas y efímeras contuviesen promesas de buen tiempo. Parecía que las camelias en flor pudieran llevarse la lluvia y el frío, los días cortos, el viento gélido.

Había otros síntomas de que acababa el invierno, por supuesto. El vuelo de los vencejos. Las brazadas de mimosas que olían a sol y que se vendían en la Plaza de Abastos. La apertura de la heladería La Suiza, que tras seis meses de cierre volvía a despachar sus inolvidables helados de mantecado en los alrededores del día del padre. Pero de todos aquellos signos de vida nada se me antojaba tan elegante, tan perfecto, como las camelias despuntando enfrente del edificio de Caixa Galicia. Eran flores lánguidas y enfermizas, que solo lucían lozanas entre las hojas brillantes del árbol, y tenían más sentido derramadas en el suelo, vencidas por su peso, que en un jarrón con agua.

Hace muchos años que arrancaron aquel camelio anémico y solitario. También cerró La Suiza. Los vencejos vuelan durante casi todo el año, y las mimosas florecen a destiempo. Pero hoy, no sé por qué, he recordado aquel árbol de los tiempos perdidos, y añoré Lugo y aquella época en la que uno creía firmemente que una flor brotando era suficiente para mejorar el mundo. O, al menos, el pequeño mundo que considerábamos nuestro.

Las camelias
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