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La mujer de la bata azul

YA LO HE contado otras veces. A las 8, los vecinos de mi plaza salimos a aplaudir, y ya nos vamos conociendo, aunque no sepamos nuestros nombres. Nos saludamos todos los días. El sábado pasado, la chica de enfrente colgó un cartel de colores para hacernos saber a los vecinos que su hermano había salido de la Uci tras 25 días, y todos jaleamos la noticia. A veces nos extrañamos de alguna ausencia: en el fondo, a todos nos aterra tener bajas entre esa improvisada pandilla de los balcones.

En el tercero de los impares hay una mujer muy mayor. Se asoma a su balcón cada tarde para unirse al aplauso. A veces lleva una bata azul. Otras, una chaqueta marrón con una falda escocesa. Cuando acabamos, se queda siempre un rato escuchando la música que viene de las ventanas y acompañando con palmas las canciones de los Rolling o de Amaral. Antes de marcharse se despide agitando la mano, atusándose el pelo perfectamente cardado y sacudiéndose un poco el polvo de la bata.

Di por hecho que vive sola, y cuando falta a la cita me inquieta su incomparecencia: si le ha pasado algo, tal vez nadie se dé cuenta. Supuse que para ella esos ratos mínimos en el balcón eran su momento de compañía, su instante de colectividad, de reunión improvisada. Me daba algo de pena, como todas las personas mayores que están solas. Por eso el sábado por la tarde me sorprendió que una mujer más joven salió con ella a aplaudir, y además se dedicó a hacerle fotos mientras bailaba tímidamente al ritmo de la música que pincha la chica del tercero.

Me di cuenta de que me había equivocado en mi juicio. Que la mujer de la bata azul (o de la falda escocesa) no está sola en el mundo, como había imaginado, y no necesita salir a aplaudir al balcón para sentirse arropada. Y entonces me di cuenta de que la mujer de la falda escocesa (o de la bata azul) tal vez sólo sale a aplaudir para poder hacernos compañía a nosotros, para que nos sintamos un poco menos desamparados. Un poco menos solos.

La mujer de la bata azul
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