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La herencia de Philip Roth

PHILIP ROTH creció en una casa en la que no había libros. Su infancia en una familia de judíos pobres en el barrio americano de Newark habría sido mucho más difícil de no ser por la pequeña biblioteca pública que tenía abiertas las puertas para aquel crío inteligente y ávido de lectura que acabaría siendo uno de los más grandes escritores de ficción de la literatura norteamericana moderna. Roth murió en la primavera de 2018, rozando desde hace años la tierra prometida del Nobel. Quizá podría haber llegado de haber vivido un par de años más, aunque presiento que a Roth el premio había dejado de importarle.

Seguramente Roth no dejó su herencia a su biblioteca, sino a todos esos niños que, como él, dependen de libros ajenos para seguir creciendo

Tras su muerte, Roth legó a la biblioteca de Newark su colección particular de libros (unos 7.000 volúmenes) y dos millones de dólares, parte de los cuales han de ser empleados en la compra de ejemplares nuevos. La noticia de la donación, recogida en un artículo de Pablo Guimón para El País, provoca una sonrisa amable en tiempos en los que ese sonreír se ha convertido casi es un lujo. El derecho de sucesiones está lleno de historias amargas de testamentos caprichosos, venganzas post morten, legados miserables y luchas fratricidas por el botín de los muertos, así que una herencia como la de Roth es una ventana abierta a la esperanza. No puedo evitar evocar al pequeño Philip —ojos enormes y perspicaces, pelo negro, nariz considerable— entrando en la sala de lectura de la biblioteca pública una vez terminada la jornada en el colegio, para saciar gracias a libros prestados la sed de lecturas de niño inteligente y pobre. Si no hubiese tenido acceso a esos libros, tal vez Roth no hubiese sido escritor.

Supongo que, cuando le llegó la hora de la gloria, Roth debió recordar que habría en su barrio más críos como él: chavales despiertos, chavales curiosos en cuyas casas los libros seguían siendo un lujo. Seguramente Roth no dejó su herencia a su biblioteca, sino a todos esos niños que, como él, dependen de libros ajenos para seguir creciendo.

La herencia de Philip Roth
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