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Las granjas y el ministro

Imagine usted a un británico yendo a comprar carne al súper y echando un ojo a una bandeja de filetes de ternera española. Si el inglés en cuestión ha leído la entrevista de Garzón en The Guardian, asegurando que en España hay empresas comercializando carne de baja calidad en los mercados internacionales, y ante la imposibilidad de saber si los filetes que tiene delante provienen de esas empresas contaminantes, que maltratan vacas y lanzan al exterior su carne putrefacta, lo mismo que haríamos usted y yo.

Esa es la medalla que puede ponerse el ministro de consumo: que los potenciales compradores extranjeros recelen de los filetes, los jarretes y la babilla de ternera española. Mis dieces, señor ministro: hay que ser torpe. Irse a Reino Unido a alertar de que en España hay granjas chungas que crían terneras a patadas y hacen polvo el medio ambiente antes de vender a algún incauto el producto podrido.

Es muy posible que en España (por desgracia, en todo el mundo civilizado) haya criaderos que tratan a baquetazos a los animales, que contaminan a troche y moche y que luego venden sus productos en condiciones dudosas. Pero lo que uno espera de un ministro de consumo es que haga todo lo posible por incentivar la cría de ganado en las mejores condiciones, y sobre todo, que investigue donde están las granjas malditas, las localice y las cierre.

Yo creo que el entrevistador estaba tan fascinado por la estulticia de Garzón que no quiso cortarle el rollo haciendo la pregunta que se pedía a gritos: "Oiga, y siendo usted ministro del Gobierno de España, si sabe usted que en su país existen esas sitios horribles ¿por qué siguen abiertos?". El problema es que es mucho más fácil irse a un periódico a decir que hay que ver que granjas tan repugnantes hay en España que atarse los machos y pelear para cerrar hasta la última de ellas. Pero para lo segundo hay que ponerse a trabajar. Y ya se sabe.

Las granjas y el ministro
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